LAS MEMORIAS de Bill Clinton acaban de publicarse. Carecen de interés, porque Clinton era el presidente que no hizo nada. Su gran popularidad surgió de su pereza: en política, cuanto menos se hace, menos se ofende a los votantes. El sistema de gobierno de los años Clinton podría calificarse de desidia acertada. Al pueblo norteamericano, empezó prometiendo grandes reformas, sobre todo en el campo del bienestar público, con la introducción de un sistema que favoreciese a los pobres. Al mundo ofreció un «nuevo orden» -un sistema internacional que aprovechase el fin de la guerra fría y el auge de las nuevas democracias para asegurar la paz, la justicia y los derechos humanos universales. Pero ninguno de los compromisos del presidente vino a realizarse. A Clinton le resultó más fácil dejar las cosas tal como eran. La economía seguía recto sin piloto. La democratización del mundo se deslizaba hacia adelante sin gran esfuerzo presidencial. Los votantes quedaban contentos y los comicios salían favorables a Clinton, sin que él tuviese que hacer nada al tanto. Así que el libro de sus memorias, a pesar de ser un tomo grueso, dice poco. Sus muchas páginas son intelectualmente vacías. Pero sí, por supuesto, hubo un suceso memorable en la Casa Blanca de los años Clinton. El presidente lo resume así: «Se me ocurrió un encuentro poco apropiado con una empleada». No viene nada de los detalles suculentos de los cuales nos acordamos todos los que vivíamos aquellos días: el suceso del puro de Habana, las manchas sugestivas en el vestido de Mónica Lewinsky, la revelación de que según el presidente las cosas que hacían él y Mónica no constituían «relaciones sexuales», el debate sobre qué parte del cuerpo de quién penetró o encajonó con él de quién más; las mentiras que contó Clinton a su propia mujer e hija; las que contó a la nación entera. Menos mal. Ya oímos bastante de todo aquello. La prensa y el mismo Clinton colaboraron en insistir en que el suceso Lewinsky fuera una historia cualquiera de adulterio y mentira. Esas flaquezas humanas no le quitan a un político la simpatía del pueblo: mas bien, suscitan la misericordia de todos los que no se atreven a tirar piedras. Clinton sigue insistiendo en el estatus de su infidelidad como un acontecimento de los que suceden a casi todo el mundo. «Hillary me hizo dormir en el sofá», dice, aunque no supongo que en un palacio tan enorme como es la Casa Blanca, con no sé cuántos domésticos, el presidente acabase durmiéndose en un sofá. La verdad es que en el auténtico caso Lewinsky -el caso que tuvo que ver con los grandes principios de la política y de las bases fundamentales de la Constitución de Estados Unidos- las mentiras y pecados sexuales del presidente no tuvieron la menor importancia. Lo importante era que una ciudadana norteamericana, Paula Jones, había reclamado ante un juez, increpándole al presidente de abuso sexual. La verdad sobre las relaciones entre Bill y Mónica demostró claramente que el comportamiento presidencial y los gustos sexuales del presidente eran tales como Paula Jones decía. Por lo visto, Clinton intentó suprimir esas pruebas y quitarle a Paula el derecho de acceso a la justicia en los tribunales del país. En un Estado de tradiciones demócratas y constitucionales, cuya razón de ser es la sumisión del poder ejecutivo a la ley, es increíble que un presidente salga de una ofensa tan grave sin pasarle nada. En la portada del Tribunal Supremo reza este lema grabado en el tímpano: «Bajo la Ley, Justicia e Igualdad para todos». Los norteamericanos, que creen con una fe cándida en la bondad de sus instituciones, lo toman al pie de la letra. ¿Cómo es que se olvidaron de la importancia de este principio ante el caso Lewinsky? Me temo que se trata de otra prueba más de un peligro que amenaza al mundo: la pérdida de fe, por el pueblo estadounidense, en sus grandes ideales tradicionales. La grandeza del país consistía antes en esa sencillez abrumadora de la gente de creer en la posibilidad de un Estado de virtud, y exigir a los gobernantes que se comportasen según sus valores. Hoy en día nadie hace ni caso ni eco de esa gran tradición. A Clinton, le dejaron trastornar la Constitución; su sucesor se eligió por una maniobra electoral, a pesar de no haber conseguido el apoyo de la mayoría de los votantes. A ambos les dejaron bombardear a gente inocente e iniciar guerras injustas. En las elecciones norteamericanas, lo que cuenta ahora es el dinero. Las elecciones se compran con millones de dólares y se abandonan por millones de votantes. El mundo necesita la América de antes. Si vamos a seguir a la disposición de una única superpotencia mundial, si la paz del planeta tiene que seguir al cargo y mando de los Estados Unidos, nos hace falta una América que respete sus propias tradiciones. A lo largo del siglo veinte hubiéramos podido quedar con la Rusia soviética como superpotencia mundial en funciones, o con la Alemania nazi, o con el Japón militarista, o con la China de Mao. Afortunadamente, fueron esos estadounidenses, entrañablemente demócratas y aficionados a la libertad, los que acabaron dirigiendo al mundo. Desgraciadamente, se están cambiando. Su hegemonía fue la salvación de ayer, y se está convirtiendo en la tiranía de mañana. © Felipe Fernández-Armesto