EL BNG PUEDE y debe recurrir al Tribunal Supremo. También puede, aunque, en mi opinión, no debe, acompañar ese recurso con la florida pirotecnia, la retórica del retruécano y la fraseología del sarcasmo con las que el BNG suele decorar hasta la médula sus análisis de urgencia ante las circunstancias, las peripecias y las adversidades políticas, y el despliegue de sus tácticas ante vicisitudes puntuales y no tan puntuales. Una administración más sincera de la verdad, y una economía más transparente de la sinceridad, alejaría al BNG de un discurso autocrítico a la medida tan sólo del liderazgo y a no mayor altura que la de sus crisis, y lo acercaría a una argumentación convincente de motivaciones y propósitos, de razones y objetivos en cada una de las decisiones, en cada uno de los planteamientos y en la articulación ordenada y responsable de todos los ingredientes de una organización política. E incluso lo pondría limpiamente ante la cruda realidad de las cosas que no está haciendo bien. El problema es que cuando se piensa en una organización política se da en considerar lo que es un partido político. Y eso es lo que el BNG no es. Y de igual modo que no conviene hacerse ilusiones en cuanto a lo que un partido es, tampoco convienen las ilusiones en cuanto a lo que un Bloque no es. La eficacia de un partido depende de la disciplina puesta en práctica por un liderazgo que no puede basarse en otra cosa que el consenso, por más que ese consenso acarree una fórmula, sumamente lógica, de vigencia temporal. El liderazgo de un partido resuelve las crisis de un partido, al igual que el partido resuelve las crisis del liderazgo. Pero en un Bloque, el liderazgo no resuelve crisis alguna, simplemente las sobrenada todas, las enmascara, las disimula con el opiáceo de una lealtad hipostática, y las emplaza a ese momento en que el tiempo ponga a todos buena cara, y que se llama consumación de los siglos. Un bloque de partidos -y otra cosa no es el BNG- aglutina coincidencias coyunturales y bloquea coherencias estructurales. Es un modo de ser que el elector percibe como una manera desconcertante de hacer las cosas, y como una fórmula errática y oportunista de afrontar los hechos y el curso de los hechos. Pero ese juicio sobre lo que percibe está restringido al elector. El militante no se puede permitir el lujo de tildar de oportunista, errática y desconcertante la línea que anima su militancia. Lo único que se puede permitir el militante es el incómodo abrazo a la sensación de militar en un seguidismo interno cuyos efectos, en el mejor de los casos, se consumen en el silencio, y en el peor, en la resignación y el resentimiento. Los juicios del elector, dentro de cualquier debate, se encuentran con las sensaciones del militante, fuera de todo debate, en ese punto llamado urna electoral, donde se reúnen todas las posibilidades del «hasta aquí podíamos llegar». Ahora, bien, si el BNG prefiere un lenitivo del dolor, puede optar por reflexionar sobre el hecho fehaciente de que si bien sirve a una parte de Galicia dentro del conjunto de la representación de sus partes, el servicio comienza a ponerse opaco y algo abstruso cuando se inserta en un contexto tan exótico -con todos los respetos- como el definido por CiU y PNV.