MILES DE HOGUERAS saludaron en Galicia la llegada del verano. Fue un solsticio en la noche, el yin y el yan, la tradición macho con la cultura hembra, el país ardía por los cuatro costados y el ritual volvía a repetirse invocando no sé muy bien qué tradiciones. Fue la noche de San Juan, un santo amable que en esta tierra tiene muchas advocaciones. De Carballo a Sarria, de Covas al Caurel, el país es una fiesta. Hay verbenas en campas y atrios y la música se disuelve en melodías que dejan las notas por el valle como quien pierde una promesa incumplida. También en la Galicia exterior San Xoán es una cita lúdica. Colectivos de gallegos en la emigración hacen fiesta mayor en Ginebra y en Basilea. San Juan es el apóstol más joven, un mes más joven en el calendario festero que el hermano mayor de todos los gallegos, nuestro señor Santiago, que este año tiene la onomástica subrayada en domingo xacobeo, y la fiesta se llena de massives atacks, stings y demás bobdylans . Los peregrinos que hacen el camino son sólo figurantes del plató donde tiene lugar la puesta en escena. El jubileo es un macrofestival y el camino es de las estrellas del pop rock. Allá ellos. Yo sólo quería saludar al verano, hacer una hoguera con palabras, quemar los fríos del invierno, y restar los días que faltan para regresar a Viveiro y contar las noches por semanas, en verano todos los días son domingo, y el paisaje del dolce far niente se mira circular por el caleidoscopio de la memoria. El verano es un retorno, un manojo de afectos, un reencuentro con nosotros mismos, el verano es un bailable, un pasodoble o un bolero, una canción con la luna colgada en el decorado de la noche. Cada verano traía consigo una banda sonora, cuento los veranos sucedidos por una sucesión de long plays en directo que fueron construyendo este entramado lleno de fragilidades que soy hoy. Desde Matt Munro, que puso la música a mi primer gran amor, hasta las fantasías de los crooners que dejaban que las estrofas cantadas fueran dardos asaeteando mi corazón juvenil de rapaz que sólo se enamoraba en agosto embozado por la noche. Memoria de un verano, memoria de todos los veranos descubriendo las páginas de Proust y de Mann, los relatos de Cunqueiro y los miedos de Allan Poe. Mi verano es un libro por leer o por escribir, una conversación infinita aguardando el alba y la música, siempre la música clavándose en el eco, clausurando las vigilias, prologando el sueño. Ciñéndote por el talle, ¿te acuerdas?, mientras la Continental tocaba piezas de Miller, y en el solo de saxo te besé lentamente y el mundo se pintó de colores aquella nuestra noche. Era agosto. Fue siempre agosto. Y hoy escribo este saluda que suena a vísperas. Nada hay mejor que lo previo, porque previo es el secreto de los deseos, y en estos días de inauguraciones, de fuegos y mensajes cifrados, mi país es tierra de acogida, hogar primero, regreso y abrazo, mi país es verano, y Galicia pone la más amable de sus caras para recibir a quien a ella acude. Yo ya tengo una cita establecida, acordada, como todos los veranos. Sólo un verano que encierra el rito reiterado y siempre nuevo, como de estreno de todos los veranos. Me estoy poniendo sentimental. Discúlpenme.