Mucho talante y poco gobierno

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EN ISRAEL saben de aguas todo lo que hay que saber, y por eso siguen bombeando el agua del río Jordán, embalsada en el lago de Genesareth, desde una cota situada a 210 metros por debajo del mar Mediterráneo. Podían potabilizar agua del Mar Rojo para los vergeles del Neguev, pero apenas no lo hacen. Y podían abastecer todo el centro del país desde las costas de Cesaréa, pero tampoco lo consideran una idea sugestiva, y por eso exprimen el único río que discurre por sus tierras, para repartírselo como hermanos. Mientras aquí descubrimos la piedra filosofal del ahorro y la desalinización, los israelíes ya están diseñando los inmensos trasvases que, partiendo del Kurdistán iraquí, y atravesando países enteros, van a llevar el agua del Eufrates hasta los kibutzs de Bersheba. En España, rodeada de ríos por todas partes, la ministra Narbona debe de estar encantada de ser la única gobernate del mundo que resuelve el problema del agua en dos meses, de una forma barata y sin contraindicaciones. Y todos los gobiernos de la tierra deben estar disputándose los servicios de está colosal e imaginativa científica que, de ser cierto la mitad lo que dice, podría llenar de lechugas y espárragos los áridos desiertos de Arabia y Mauritania. Pero ya se sabe que, si la propaganda es dócil como las ovejas, la realidad es terca como las mulas. Y por eso me temo que no van a pasar muchos años antes de que nos demos cuenta de que el Gobierno Zapatero acaba de cometer uno de los mayores errores de nuestra historia económica y social. Puesta a descubrir Mediterráneos, a Cristina Narbona también le parece obvio que para hacer un trasvase hay que contar con el consenso de la cuenca donante, con lo que se llega a la conclusión de que vivimos en un país extrañamente federal, donde es más fácil que a una comunidad autónoma se le reconozaca la facultad de gobernar el río Ebro que la competencia para dirigir el tráfico en los accesos a Calatayud. Y así se explica que uno de los problemas más universales que tenemos, haya terminado preso de dos discursos localistas completamente irracionales. La manía de endiosar las promesas es tan dañina como el hábito de ignorarlas. Y por eso me hubiese gustado que, lejos de aplicar la ley del péndulo, el buen talante de Zapatero hubiese servido para racionalizar un proyecto que, a pesar de estar plagado de soberbia y malos modos, estaba bien enfocado. Y mucho debiera preocuparle a Cristina Narbona el aplauso de unos ecologistas que, al tiempo que jalean su decisión, también niegan su invento con idéntica contundencia. Porque ya se empieza a ver que, igual que el eco ahoga la música, también el talante diluye el buen gobierno.