IRRESISTIBLE, sí, pese a sus guerras y masacres, pese a la satrapía de sus reyezuelos medievales y a la locura de sus últimos tiranos, pese a la cobardía suicida de algunos de sus pueblos y a la impostura criminal de sus más patéticos canallas: los filósofos de la venganza y el terror. Irresistible desde el momento mismo en que Europa nace como mito, cuando Zeus, el más grande de los dioses, se enamora de ella y la secuestra presentándose a la joven hija de Agenor en la forma de un imposible toro blanco: Europa cae seducida por el toro, que se la lleva en sus lomos hacia el mar. Aunque el mito del secuestro de Europa asocia ya, con claridad, su nombre al de una atracción incontenible, no ha podido todavía demostrarse que exista una plausible relación entre ese nombre y el de nuestro continente. De hecho, la realidad pudo resultar mucho mejor. Europa debió ser en un principio poco más que la Grecia continental opuesta al Peloponeso y a las Islas. Después una indefinida parte del mundo, distinto a lo que se conocía como Asia Menor y como Libia. Europa no fue así tanto, en sus orígenes, un lugar físico, como un espacio espiritual: el de una cierta civilización, y el de las tierras hospitalarias frente a las zonas inhóspitas de los fríos eternos y los calores sin final. Europa se manifestó, pues, como una idea: la de un espacio crecientemente acogedor, frente al mundo tantas veces aterrador que la ha circundado a lo largo de la historia. Un espacio que condicionó de forma decisiva la que acabará por ser la más concluyente de las realidades europeas: la de la mezcla. Mezcla racial, religiosa y cultural. Es cierto que las cosas se torcieron muchas veces, como podrían atestiguarlo los cientos de miles de rusos, irlandeses, españoles o italianos -o, desde otro punto de vista, de protestantes o judíos- que, en épocas distintas, cruzaron el Océano huyendo de la persecución o la miseria. Esa es también, sin duda, la historia de esa Europa que, mucho antes ya del Tratado de Roma, los europeos fueron, a trancas y barrancas, construyendo: comprando y vendiendo, viajando, acogiendo o traduciendo; y, en fin, sufriendo y gozando, que es el único modo de vivir de forma compartida. Europa vuelve a ser ahora mucho más que una parte física del mundo: es, no diré yo su corazón, pero sí una de sus almas. Un alma que ha contribuido, como pocas, a mejorar este mundo puñetero. Y Europa vuelve, también, a correr, como en su mito, el peligro de que quienes más dicen quererla -los miles de funcionarios y políticos que viven de ella y para ella- nos la acaben secuestrando. Aunque menos visible, eso también se decide en las presentes elecciones europeas.