LAS GRANDES inundaciones, o la trágica muerte del periodista Ricardo Ortega mientras cubría la información de los pasados disturbios en Haití, ponen de actualidad la situación de la isla antillana presa de la violencia y la pobreza que padecen sus moradores. Una tradición de la Pascua haitiana es el sacrificio de los Judas y los Poncio Pilatos, muñecos de paja que son descuartizados por la multitud enardecida para castigar su traición al Salvador. Pero no es la única traición a conmemorar. También es traicionado una y otra vez el espíritu de la independencia, la búsqueda de la Libertad que estaba en los movimientos emancipadores originarios. Ahora que se celebra el centenario de Alejo Carpentier, tomo prestado el título de una de sus novelas, apagadas ya casi todas las luces, pues tras dos siglos de independencia el balance es calamitoso. Como también lo es en otro país nacido como una esperanza de liberación de la esclavitud, Liberia, cuya capital es irónicamente cualquier cosa menos libre, ni hábitat de ciudadanos libres. Cuando no son los estragos que la lluvia torrencial hace en unas tierras ecológicamente deterioradas, es una revuelta más de la que desde aquí sólo se entiende bien la desolación y la violencia, con más mugre que grandeza. Monarquías bananeras se sustituirán por repúblicas bananeras, mientras a la aristocracia de la sangre no la sustituya la del mérito, o, como pretendía Platón, los poderosos no se rodeen de filósofos. Pero Haití podrá dormir en paz, Bono hará méritos para autogalardonarse cuando nuestro bizarro Gobierno les mande las fuerzas que no se atreve a enviar a Afganistán. Ya digo, moramos en el siglo de las luces apagadas sin siquiera un Valle o un Carpentier que nos lo cuente. Y cuando no hay educación ni elite rectora responsable, la democracia es la antesala de la demagogia y la tiranía. Con unos u otros Judas y Pilatos. Aquí y en Haití.