EN LA ANTIGÜEDAD clásica el papel de las modernas encuestas lo realizaban los oráculos. Eran famosos los de Delfos y Delos. Dodoma, el más antiguo. Los métodos de adivinación eran variables. En Patras se narcotizaba, sin TV, al consultante. Delfos era el más importante de Grecia, tanto que era consultado por políticos, militares o peregrinos comunes antes de abordar sus mayores iniciativas. Empezó a perder prestigio cuando se dijo que Filipo de Macedonia pagaba al oráculo para que predijese su victoria. Así las cosas, Demóstenes llegó a afirmar que «la pitonisa filipizaba». Pasó el Felipe macedonio, vino luego el lamentable bético con el cual la pitonisa, convoluto más o menos, se desmadró en su filipización, y ahora, el oráculo zapateriza para no ser menos. Borrell es un personaje unamuniano por lo paradójico: cuota catalana atípica, bizarro perseguidor fiscal de inofensivas folclóricas, ¡ay Jesús! los sufrimientos que hizo pasar a nuestra Lola, la Lola de España, mientras sus colaboradores en su asimétrica Cataluña natal cohechaban con el poder catalanista, convirtiendo cierto palco presidencial en un remedo del patio de Monipodio. Y sobre la cosa ecologista, Bono, su fraternal enemigo de partido, puede certificar su sensibilidad con las hoces del Cabril. Se rebeló contra la degeneración felipista encabezando un intento de renovación del PSOE que vino a mostrar mejores a las bases que a sus dirigentes. Pero su credibilidad quebró cuando se solidarizó con quien no debía. Acompañó a la entrada de la prisión a algunos condenados por las torturas y los asesinatos del GAL, en esa parodia de Fuenteovejuna, todos a una , con que mister X y la dirección socialista se exorcizaban al grito de «vade retro, Tribunal Supremo». Y dimitió. Puede que el viejo Demóstenes tuviera razón, pero cabe la posibilidad de que surja otra vez la rebeldía y el candidato no se resigne a la postrada subordinación que ZP quiere para España en Europa.