LOS MINISTROS de Fomento acostumbran a ser rudos y hoscos. Debe de ser que les sienta mal lo del hormigón. La versión femenina de Álvarez Cascos, la andaluza Magdalena Álvarez, ha utilizado la misma estrategia de su antecesor. Viene con retraso, arremete y deja un torrente de improperios sobre el imcumplimiento del Plan Galicia. Se permite hablar de «juego sucio», de «engaño» y de «señuelo electoral». Y hasta le reprocha a Fraga mala fe y falta de lealtad, cuando algunos entendemos precisamente lo contrario. Que fue demasiado complaciente y tardío. En cuestión de talante, estamos igual que hace un año. Los gallegos no acostumbramos a ponernos nerviosos con facilidad. Si lo estamos en esta ocasión es porque se nos han dado motivos para ello. Y nos los ha facilitado el propio Gobierno socialista. Porque no ha sido Fraga, ni Quintana, ni tan siquiera un servidor los que han pospuesto varias veces la visita del presidente Zapatero. Tampoco han sido Fraga, ni Quintana, ni un servidor los que cuestionaron la viabilidad del puerto exterior de A Coruña. Ni los que dijimos que habría que replantearse los trazados del AVE. Fue la propia ministra, que ahora nos habla de deslealtades, igual que hacían los otros, la que nos hace dudar de que se cumpla lo prometido. Es ella y los suyos los que nos alertaron de que el Plan era más virtual que nunca. Con el agravante de hacerlo desde la lejanía. La ministra Magdalena lo tiene muy fácil. Si quiere que no sigamos dudando, que no sigamos cuestionándonos el futuro, no tiene más que decirnos qué están dispuestos a hacer. Porque aceptamos el retraso y la desidia. Que ya es mucho aceptar. Lo que no estamos dispuestos es a que nos venga embistiendo, como venía Cascos. Porque ya tenemos el cuerpo lleno de cornadas.