ESTÁ CLARO que esta vez se va a hablar de Europa en la campaña para las elecciones del próximo 13 de junio. Está claro que tanto el PSOE como el PP han construido una buena parte de su discurso sobre sus más recientes comportamientos en relación con la Unión Europea. Es algo que se pone de manifiesto cada vez que los líderes de uno u otro partido toman la palabra. El PSOE, con José Borrell a la cabeza, se presenta como el adalid de un europeísmo integrador que, de la mano de Francia y Alemania, debe conseguir darle un nuevo impulso a la UE, con una Constitución que, una vez aprobada, fortalecerá la unidad y cohesión de los 25 países que la forman. Los socialistas dibujan así un horizonte de esperanza, con España incorporada al liderazgo en la construcción europea. El PP, encabezado por Mayor Oreja, desconfía de esa reubicación con el eje franco-alemán y pone el énfasis en la defensa de los intereses españoles, entendiendo que la mejor UE será aquella en la que estén mejor defendidos los intereses de todos y cada uno de sus miembros. Es decir, europeístas, sí; pero no seguidores de Chirac y Schröder, dos líderes con demasiados problemas en sus respectivos países como para encarnar la ilusión común de la Unión Europea. Hay más matices diferenciadores, pero, para no perderse, digamos que ambos partidos se presentan como europeístas. Nos lo van a explicar estos días, aunque con un discurso lamentablemente simplista, por lo que se nos ha anticipado. La verdad es que los españoles somos mayoritariamente europeístas y deseamos una posición brillante para nuestro país en la UE. En este sentido entendemos que es conveniente estar con Francia y Alemania, porque sin su firme concurso no avanzará la construcción europea. Pero también sabemos que Francia y Alemania no son la UE. Lo son asimismo Italia, Gran Bretaña, Portugal o Polonia. La exclusiva del europeísmo no la tienen ni siquiera los europeístas. Ni los del PP ni los del PSOE. Participamos de ella todos los que nos sentimos europeos, sea del modo que sea. De ahí la complejidad del debate electoral.