CON EL GOBIERNO que se nos va esta semana vamos a tener que manejar aquel popular decálogo del jefe. El que dice que el jefe siempre tiene razón y en el caso de que no la tenga se aplica el artículo primero. Pues con el Ejecutivo popular, lo mismo. El Gobierno nunca miente. Y en el caso de que lo haga, se aplica el apartado primero. Ahora que se van, están obsesionados por dejarnos la idea de que no mintieron al informar del vil atentado de Madrid. Parece como si todo su testamento político quisieran sustentarlo en que el Gobierno nunca engañó. Y, la verdad, hay que creerlo. Porque tampoco disponemos de argumentos para pensar lo contrario. Son, cuando menos, unos irresponsables los que hablan de mentiras, manipulación y ocultamiento. Haciendo un rápido repaso podemos comprobar que toda la actuación del Gobierno Aznar se basó en la credibilidad. En la información exacta y puntual. Siempre. El Gobierno informó puntualmente de las vacas locas . Lo que ocurrió es que nuestra cabaña se moría de constipados, difícilmente detectables. Otro tanto acaeció con el Prestige . El mal estado del mar nos traía en chapapote por toneladas, en menos de que cantaba el cuco. Como en el accidente del Yakolev, donde por mucho empeño que puso el ministro Federico por mantenernos al día, los factores climatológicos lo impidieron. Y con las armas de destrucción masiva. La culpa fue de Sadam por no disponer de ellas, cuando todos creíamos lo contrario. No existen motivos, pues, para poner en duda la credibilidad de quienes se van. En todo caso, que no se preocupen. Que se vayan tranquilos. Ahora que se consiguió no vamos a discutir su credibilidad. Nunca lo hicimos. Pero tampoco los creímos. Porque dábamos por bueno aquel refrán que dice que «quien siempre me miente, nunca me engaña».