Otra dimensión

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

PRESUMÍA hace unos días José María Aznar de «saber que dejo una España mejor de la que recibí». Pues, depende. Según y cómo. Es cierto que aquel andrajo de país que le entregó González poco tiene que ver, en algunos aspectos, con el que ahora se va a encontrar Zapatero. Pero existe, al menos uno, que nos empieza a desquiciar. La sangría del 11-M, la frustrada voladura del AVE y el episodio de Leganés, sin contar el acoso a las tropas españolas en Nayaf, sitúan a nuestro país en una posición tremendamente preocupante. Con un futuro no menos inquietante y con las ideas poco claras respecto a la solución que hay que dar a un problema de esta envergadura. Porque no es lo mismo enfrentarse a los valientes de ETA que programan los atentados en función de salvar sus vidas, que hacerlo a unos iluminados a los que poco importa volarse los sesos. El terrorismo islamista nos resulta completamente novedoso. Por desconocido. Porque se sustenta en unos valores alejados de nuestra cultura. Y porque aparece en cualquier lugar y a cualquier hora. Porque el fanatismo que le da vida no responde a ninguna lógica. Y porque España es un país vulnerable, por su situación geográfica y por el papel que quiso jugar en el contexto internacional. Hacerle frente a este tipo de locura asesina supone entrar en otra dimensión. Plantarle cara a quienes están dispuestos a morir con tal de provocar una matanza, no entra en los parámetros de la lucha habitual contra el terrorismo. Máxime en un país como el nuestro que figura entre los objetivos prioritarios. El bruto Dick Cheney dijo recientemente que la guerra contra el terrorismo va a prolongarse durante generaciones. Quizás tengamos que irlo asumiendo. Pero a ver si, al menos, acertamos en la fórmula. Porque hasta ahora no hemos hecho más que dar palos de ciego.