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Vía crucis

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

LA CARAVANA automovilística avanza lenta buscando el primer sol anticipado. Los tiempos han mudado el vía crucis, la pasión es sólo una película de estreno con la banda sonora en arameo y toda la sangre, todas las sangres derramadas salpicando la pantalla y las conciencias. Pervive todavía en el recuerdo la foto fija de otras semanas santas en otro país con el mismo nombre que éste. El dolor era oficial e impuesto por decreto, las radios silenciaban su programación de discos dedicados, cerraban los teatros y los cafés cantantes y en la balbuciente televisión programaban la La túnica sagrada y Ben Hur . España se vestía de morado y nazareno y desde Valladolid, Sevilla o Murcia, todo el territorio era piedad y antropología, la España procesional desfilaba a golpe de tambor. La cultura del laicismo cambió la penitencia por la playa, la Semana Santa de los arenales, la de la ocupación hotelera sin plazas libres, Semana Santa tendida al sol de Levante mientras en Sevilla, en la madrugá , palmean y jalean a las vírgenes como si toda la ciudad fuera un tablao. Vía crucis con la gasolina más cara de todos los tiempos, pasión televisada desde el horror de la guerra iraquí, con crucifixiones en los telediarios, dolor de nuestros muertos recientes de Atocha, de Santa Eugenia, del Pozo. Jesús se crucifica en ellos, en su memoria y vuelvo a escuchar como quien oye una oración: perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen. Abril se despliega en mil primaveras en una línea continua que alicata todas las autovías. Al pie de una carretera comarcal, campesinos que retornan del invierno ofrecen a los viajeros el tesoro agrícola de espárragos salvajes. La España rural se ha sembrado de albergues, casonas y hoteles con encanto por descubrir. Y es real el vía crucis, son una docena larga de estaciones penitenciales, y la Caixa catalana vuelve a crucificar a esta vieja autonomía en la cruz reiterada de cada año del Anuario social de España . Los doce indicadores son doce clavos en los brazos y en los pies, en el corazón colectivo de todos los gallegos. Sólo nos queda el paisaje y los bosques. Era falso, según estos datos, el milagro gallego, la Galicia del país de las maravillas en una tierra con superávit de gordos, que está a la cola de todas las tecnologías y que tiene el más importante déficit educativo y cultural de España. Todo está consumado. Son las siete palabras, la última oración en el huerto, la traición de todos los Judas que en la historia del mundo se han ido sucediendo. Y dejamos atrás las ciudades, y los aeropuertos están llenos de viajeros que huimos hacia ningún lugar y los tambores procesionales realizan el último ensayo de sonidos antiguos, que fueron creciendo con nosotros desde una infancia lejana. Y el Gobierno gallego se retira a sus oraciones civiles y presupuestarias, a preparar el borrador del Doga desde un cenobio o un parador y la consigna del aquí no ha pasado nada recorre el fichero de altos cargos como una descarga eléctrica. Vía crucis cotidiano, para recordar, como viene sucediendo desde hace dos mil años, que el Hijo del Hombre ha sido asesinado. La pasión es sólo un decorado, un pretexto, un largo puente de cinco días, una caravana de veintitrés millones de coches, un atasco que no cesa; la pasión es el cabreo de la Pascua florida, una procesión informática de datos siniestros, la santa compaña de las víctimas de la carretera. La pasión es un brindis al sol. Al que más calienta, por supuesto.