DE NADA sirve ya el estudio del análisis electoral. Para qué quemarse las cejas con los comportamientos normales de los ciudadanos, de sus intereses y principios, de sus propensiones políticas y preferencias personales, si nunca consideramos las variables del miedo, el temor, el odio, o incluso la manipulación calculada. Para qué seguir la ficción de que se votan gestiones gubernamentales comparadas, juegos de estrategias del mal menor, cálculos del consenso o avances en los espacios de libertad. Cuando al final decide un atentado brutal, en el momento preciso y teledirigido por la inescrutable voluntad de la maldad organizada. Poco extraeremos del análisis económico, salvo constatar una anomalía en los modelos de la elección pública, que predice triunfos del partido en el gobierno cuando la economía atraviesa períodos comparativamente excepcionales. El terrorismo programado no aparecía siquiera como una variable exógena. Tampoco podemos aprender nada de la filosofía, salvo que los nihilistas absolutos, los menos contaminados por la duda moral, son los que acaban decidiendo nuestro destino. Kant nos enseñó las condiciones de la paz perpetua, la democracia y la libertad sin fronteras; pero no nos dijo cómo se vence al terror, si asumiendo los dolorosos costes de la guerra o apartando el cáliz del desafío, optando por el apaciguamiento para que sean otros los que terminen por resolvernos el dilema. Hoy no sabemos si hemos sido buenos o malos, valientes o cobardes, lúcidos o crispados, egoístas o ventajistas; nos faltan categorías filosóficas, peso humanista, profundidad en el juicio. Y tenemos que mirar hacia adelante sin resolver las claves del inmediato pasado. Hay demasiados interesados en que no se aclare la caja negra de la verdad. Quizás haya que reconvertirse, mirar a las escuelas de cine y teatro, a los gurús de la representación, a los creadores de los Ricardo III . Los especialistas en la simulación humana podrán recrear en clave pícara y desgarrada lo que los saberes universitarios convencionales no son capaces de explicar. Salvo que renuncien al compromiso con la complejidad y se plieguen a la tentación narcisista de erigirse como nuevos conductores de la tribu. Decía León Felipe que ganaremos el pan con el sudor de la frente y la luz con el dolor del alma. Es el destino de los españoles. Resulta curioso, a mi madre le decían sus parroquianos más fieles que era una persona sabia porque leía en el libro de la vida. Quizás eso sea lo que tengamos que hacer en adelante, dejar los libros de texto, los manuales al uso y revistas especializadas; todas las pantallas de falsas titulaciones en ciencias políticas, económicas, sociales y humanísticas que, en su formalismo tranquilo, distorsionan la pavorosa visión de la realidad de lo existente. Hay que despojarse de los falsos saberes y estar prestos a afrontar el vértigo de descubrir lo que menos esperamos.