CUANDO el primer sábado del pasado septiembre José María Aznar sacó su cuaderno azul y reveló el nombre del sucesor, nadie podía intuir que Mariano Rajoy, en vez de ser el elegido, acabaría siendo el sacrificado. Es verdad que muchas apuestas señalaban en esta insólita cooptación a Rodrigo Rato, autor de la más exitosa política de los gobiernos de Aznar, que es la económica, cuya definitiva prueba del algodón es su candidatura no desmentida a la presidencia del Fondo Monetario Internacional; e incluso a Jaime Mayor Oreja, aun quemado en la política rayana en la heroicidad de confrontación con el nacionalismo vasco; pero una vez condenado a la designación, que no a la elección en primarias, poco había que criticar a un candidato como Mariano Rajoy, de acrisolada trayectoria profesional (joven registrador de la propiedad una vez culminados sus estudios de Derecho), de larga trayectoria política (con 26 años ya fue diputado gallego) y con brillante experiencia política en las administraciones local (concejal en el Ayuntamiento de Pontevedra), provincial (al frente de la Diputación de Pontevedra), autonómica (vicepresidente de la Xunta de Galicia) y nacional (diputado desde 1986 y ministro de Administraciones Públicas, de Educación y Cultura, de la Presidencia, de Interior, portavoz del Gobierno y vicepresidente primero). En cada paso por un ministerio, Mariano Rajoy fue dejando su impronta, ya fuera con el nuevo modelo de financiación autonómica, con la desaparición de los gobernadores civiles, con notables éxitos en la lucha contra el terrorismo o el narcotráfico, con la promoción del teatro español en televisión, con la revitalización de la fundación del Teatro Real, con la reforma de la selectividad, etcétera. De todo salió airoso, incluyendo la «patata caliente» del Prestige , que le pasaron después de la infernal cadena de errores que convirtió en inevitable la catástrofe. De elegido se ha convertido ahora en sacrificado. Los españoles le pasaron a él una factura de la que le corresponde una parte, pero nunca la totalidad. La insólita cooptación tiene esos inconvenientes. Si a Felipe González en 1996 le faltaron un debate televisado y una semana de campaña, a Rajoy en 2004 también le faltó un debate televisado y, sobre todo, le sobró la sombra de Aznar.