Entre la vida y la muerte

OPINIÓN

HACE décadas que, desgraciadamente, los españoles convivimos con la lacra del terrorismo. Hace décadas que combatimos con desigual éxito a un enemigo que habla nuestro idioma y se camufla aprovechándose de nuestra democracia y de nuestra vocación pacifista. Hace décadas que luchamos contra canallas con nombre y apellidos vascos, que alegan un objetivo aparentemente político y, cuya sinrazón sigue provocando demasiadas víctimas. Sin embargo, este terrorismo de «andar por casa», al que estábamos tristemente habituados, ha perdido protagonismo para cedérselo a otro, desconocido en nuestro país, cuyo efecto destructivamente indiscriminado nos costará mucho tiempo superar. Con las bombas del jueves pasado no sólo han saltado por los aires los cuerpos de cientos de víctimas inocentes, sino también nuestra insensata percepción de que lo ocurrido el 11 de septiembre del 2001 en Nueva York no podría pasarnos a nosotros. Es difícil aceptar que el terrorismo islámico es consecuencia directa del fracasado intervencionismo occidental en Oriente Próximo. El imposible arraigo del modelo capitalista y del comunista en sociedades sin conciencia democrática, las diferentes alianzas de sus corruptos gobiernos con Occidente, han engendrado una reacción en forma de agresión sin límites, que justifica sus acciones en una manipulada interpretación del Islam. A los occidentales que valoramos la vida humana como el bien más preciado, nos cuesta entender que haya alguien que no lo considere así. Nos resulta incomprensible que este fanatismo se alimente con la idea de vengarse de los «cristianos cruzados» que han sometido a los musulmanes a siglos de ignominia y atraso, burlándose de su fe y ahogándoles económicamente. ¿Cómo se puede combatir a quien no respeta la vida, no tiene miedo a morir, se burla de la justicia y se cree en posesión de la verdad absoluta? No basta con la actividad policial, es imprescindible también la acción económica y política que les prive de fondos y adeptos. La diferencia entre tener éxito o no marcará la línea entre la vida o la muerte de más inocentes.