HOY ESTA COLUMNA es una esquela. Una esquela colectiva que lleva escritos ciento noventa y nueve nombres, los nombres y apellidos de las víctimas, trabajadores, inmigrantes, estudiantes, ciudadanos de un país libre y prospero, que otro once, esta vez del mes de marzo, tuvo sus torres gemelas de la vesania terrorista en vagones de ferrocarril viajando hacia la muerte. Desolado en esta estación termini del jueves negro, escribo buscando el significado preciso de las palabras, queriendo decir exactamente lo que digo, evitando el circunloquio terrible de las emociones primeras, y tratando de esquivar ese aire de venganza detenido en el ambiente. El dolor es una bola de impotencia que me golpea el pecho, el dolor se instaló muy de mañana en la boca del estómago de millones de personas bien nacidas, cuando la sombra de Caín explosionaba donde Madrid deja de ser periferia. El dolor es solidario en los españoles que no tienen más adjetivos que subrayen la rabia. Todos, hoy más que nunca, somos las víctimas de este asesinato plural y gratuito, se nos secan en la garganta las palabras, y el luto es un viento de dolor y de ira que envuelve la memoria de este viejo país nuevamente golpeado por quienes se cobijan en la metralla y la dinamita. Escribo muy cerca de la estación de Atocha, casi escucho el eco aún reciente de las bombas, Madrid con memoria de ciudad sitiada que asiste impávida a la mayor tragedia civil que diseñó la bestia terrorista. Madrid es un llanto general, y el sollozo se aprieta entre los dientes; hoy, este jueves 11 hace un día de soles marchitos, de miedos y de cobardías, de primaveras que ya ni se atreven a asomarse en la brisa que baja de la sierra. Luto subrayado en las miradas de los ciudadanos perplejos que eligen el silencio como argumento. Hoy el silencio es un grito callado, una puñalada en el costado por donde se desangra toda nuestra impotencia. Han manchado de sangre las urnas, sangre que sólo podrá ser limpiada con los votos masivos de la ciudadanía, sólo la unidad democrática de los hombres y mujeres de España podrá mitigar el dolor. Hoy este artículo es una esquela, todos los lutos en un solo luto que lleva los nombres de dos centenares de personas que, bien temprano, casi cuando el alba se desperezaba, subieron a un tren que como todas las mañanas los llevaría a sus faenas, al tajo y a las aulas, un tren con destino al horror que firma el odio. Hoy esta columna es una esquela con todos los nombres que no habrá que olvidar, que tendrán que ser pronunciados en voz alta como una letanía, porque hoy/anteayer el dolor se hizo hombre, se hizo mujer y habitó entre nosotros. Desde la urgencia de quien ya no tiene palabras para llamar a las cosas por su nombre, de quien da un rodeo semántico para evitar que las emociones enturbien el análisis, sin dejar de llamar asesinos a las bandas criminales de la sinrazón, aboga por el sosiego deseable que no llega, y según se suceden las frases y las líneas avanzan desbocadas por el folio vuelvo, regreso a las víctimas, a las imágenes primeras, a las personas a quienes ya nadie va a devolverles su don más preciado, la vida, y es entonces cuando ya no puedo evitar que se desborde el caudal de las emociones. Hoy (anteayer) en Madrid, fue 11 de septiembre, hoy en Atocha, en Santa Eugenia, en el Pozo del Tío Raimundo, el terrorismo infame derribó nuestras torres gemelas. Nunca lo olvidaremos.