Viento del oeste

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

ES EL SEGUNDO gran suceso de la economía capitalista en Asia durante la Edad Contemporánea. Y, al igual que el primero, capitalismo sin democracia política. Se sostiene China en la industrialización acelerada, con tasas de crecimiento varias veces superiores a las de la Unión Europea, igual que se sostuvo el Japón de la posguerra, ya con su democracia establecida, y la Alemania partida después de su derrota y de su dictadura totalitaria. Pero China es la singularidad, por la escala de fenómeno que representa y por la estructura de contradicción en la que progresa. Es el caso aparte con el gran aparato de su Partido Comunista, operando como dictadura empresarial y extraño conglomerado de tecnócratas y mandarines rojos. Unos y otros dejaron de disputarse a dentelladas los privilegios de una gestión que sólo rinde cuentas a la eficacia. Son los 2.900 delegados que asisten a la Asamblea Nacional, reunidos en Pekín, los llamados a testificar el primer gran cambio, ideológico e institucional, del sistema comunista: impuesto por Mao a punta de bayoneta y sostenido con depuraciones brutales, enmarcadas en la lírica más delicada y la épica más bella. El cambio es, ni más ni menos que una enmienda constitucional, por la que se introduce la propiedad privada y se abren ventanas a los derechos humanos. No es que la propiedad privada estuviera ausente en China, pero era la más escandalosa flor de su intrínseco pragmatismo. Ahora, la proyección más plena del hombre sobre las cosas tendrá entidad formal. Aunque será otro nivel de desorejado pragmatismo. Así ocurre con la coexistencia del comunismo feroz y el más feroz de los capitalismos. Sopla allí más fuerte el viento del Oeste que el del Este. China tiene ya plaza en la economía global, instalada en el sexto lugar y elevando el 16 por ciento, estos días, el precio del acero.