LA RENUNCIA a siquiera intentar formar gobierno si el Partido Socialista Obrero Español no es el ganador en votos populares en las elecciones del próximo 14 de marzo, anunciada por su candidato, Rodríguez Zapatero, no gusta ni a derecha ni a izquierda; o mejor, el Partido Popular prefiere decir que no se lo cree y como prueba desvía la atención hacia experiencias anteriores lideradas por el PSOE (el pentapartito balear de las autonómicas de 1999, pongamos por caso) mientras que Izquierda Unida critica el compromiso del líder socialista, probablemente porque teme que de su granero de votos se escapen los que entiendan que es más útil dejarlos en el PSOE. Y sin embargo el simple enunciado del compromiso conduce, aritmética en mano, a no pocas conjeturas e incluso interrogantes. ¿Es una llamada al voto útil o es un órdago para que el Partido Popular adquiera el mismo compromiso? ¿Será una invitación a los populares para que, dado que PSOE y PP son los dos únicos partidos que pueden formar gobierno solos o en compañía de otros, acuerden, siquiera sea tácitamente, un pacto de no agresión entre ambos que haga imposible el mercadeo de los partidos nacionalistas y/o regionalistas, convertidos en bisagra cuando ninguno de los dos grandes tiene mayoría absoluta? ¿Encerrará el compromiso de Rodríguez Zapatero también un mensaje a todas estas formaciones y desde luego a Izquierda Unida de que no va a retorcer la aritmética para llegar a los 176 diputados de la mayoría absoluta a base de quedar hipotecado durante toda la legislatura? Cuando el legislador optó por la Ley D'Hont como sistema electoral lo hizo pensando en que con su aplicación se hace más difícil la obtención de mayorías absolutas, lo que conduce a la necesidad de acuerdos. Pero lo que nunca pensó el legislador es que iba a convertirse en un diabólico instrumento en manos de partidos nacionalistas y regionalistas, como denunció no hace mucho y con su crudeza habitual el presidente extremeño. Sería curioso que el compromiso de Rodríguez Zapatero, que en su momento mandó callar a Rodríguez Ibarra, fuera también por ahí. No se trataría entonces de sacar del Parlamento a los nacionalistas y/o regionalistas, como proponía éste, sino de rebajar su en ocasiones insoportable peso.