Separar para imperar

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

21 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

HUBO UN TIEMPO feliz en que todos -unos más, otros menos- deseábamos lo que se llamaba la regionalización; seguros de que el retorno de sus derechos inalienables a las diversas nacionalidades (lengua, cultura, administración, gobierno) beneficiaría a cada comunidad y al Estado central en su totalidad. No sólo en España, sino también en países como Francia (Bretaña, Languedoc, País Vasco...), Italia (Sicilia, Lombardía, etcétera) y en casi todos los europeos. Es de temer ahora que con la creación y desarrollo de la Unión Europea y la actitud cada vez más hegemónica de Estados Unidos, se desvíe el sentido inicial de este movimiento emancipador. Después de haber alentado la creación de Europa al inicio de la guerra fría, para separarla de la influencia soviética y anclarla en el capitalismo liberal, Estados Unidos aboga ahora por su crecimiento geográfico, con el consiguiente debilitamiento político. Este proceso puede llegar hasta la absorción de Rusia y la multiplicación de los Estados miembros en una multitud de regiones para llegar a constituir una zona de libre cambio protegida por la única potencia militar estadounidense. Curiosamente, los que antes eran más centralistas, y de confesión lo siguen siendo todavía, están facilitando este proceso, allanando el camino al neoliberalismo arrollador. Se vio en la crisis de EE.?UU. con Irak, cuando el señor Aznar redactó una petición firmada por los países de la nueva Europa , caballo de Troya de los americanos. Esta estrategia empezó a ser elaborada en el seno de la Asamblea de las Regiones de Europa, en el 2002. El fondo del documento final de esta asamblea revela el sentido oculto de la regionalización europea actual. No concierne únicamente a los Estados centroeuropeos, sino que se extiende a Eurasia. Países como Rusia, Ucrania y los países bálticos, ya están integrados en este proyecto euro-atlántico, o atlantista. La adhesión a la nueva Europa no constituirá un medio para realizar la unidad europea, sino al contrario, para desmembrar el continente para llegar al triunfo pacífico de la hiperpotencia norteamericana sobre el mundo, según la fórmula clásica de dividir para reinar : la regionalización, presentada como un medio para acercar los puntos de decisión a los ciudadanos, no sería sino un artificio para obstaculizar la emergencia de una Europa potente capaz de oponerse a la doctrina de Wolfowitz. Al presidente Clinton, poco antes de abandonar la Casa Blanca, le otorgaron , en Aquisgrán, en el año 2000, la medalla Carlomagno. Allí evocó la constitución del bloque trasatlántico, que prosiguen Bush y sus halcones: «...la unión de Europa está engendrando algo nuevo: instituciones comunes más extensas que el Estado-nación y la delegación de la autoridad democrática a los niveles inferiores. Escocia y el País de Gales tienen parlamentos propios. Irlanda del Norte dispone de un nuevo gobierno. Europa está plena de vida y vuelven a sonar nombres (Cataluña, Piamonte, Lombardía, Silesia, Transilvania...), no en busca de separatismo, sino en nombre de un orgullo sano y del respeto de la tradición. La soberanía nacional se enriquece con las voces regionales que convierten a Europa en una zona que garantiza mejor la existencia de la diversidad...». O sea, que la región-Estado dispondría de una autonomía cada vez mayor. Lo cual llena de euforia a los lobbys económicos estadounidenses en Bruselas. Sin verdadera oposición, podrían abusar libremente de entidades como Alsacia, Bretaña o Extremadura.