SI LAS comparaciones no fueran tan injustas, hoy era un buen día para repetir aquello de «Roma no paga traidores». Pongámoslo en más positivo para el PNV: «Batasuna no paga lealtades». El motivo, en el Parlamento vasco. Después de todo lo que hace Atutxa a favor de Batasuna, que la mantiene como grupo en contra del Supremo y les da la palabra cuando quieren, los radicales dijeron «no» al presupuesto. Es más: los muy ilusos se creyeron con tanto poder decisorio como Esquerra Republicana en Cataluña, y soñaron con aprobar con su voto algunas de las partidas y cargarse las demás. Joseba Azkárraga les replicó en un gesto muy de Guzmán el Bueno: «No aceptamos ese tipo de ayuda». No prestándose a ese juego de imposición, el gobierno Ibarretxe y Atutxa le mandan a la sociedad el mensaje de que, por lo menos, les queda la dignidad. Técnicamente, no pasa nada: se prorrogan los presupuestos del año pasado, y se resuelve la crisis. No hay, por tanto, necesidad objetiva de adelantar elecciones, salvo que el lendakari lo quiera hacer por otro tipo de razones. La duda que plantea esta situación es la existencia (o no, que diría Mariano Rajoy) de un pacto secreto entre el Partido Nacionalista y Batasuna, que tantas voces han dado por hecho. Lo ocurrido con las cuentas públicas indica que no existe. Si lo hubiera, el gobierno Ibarretxe no sufriría la humillación de perder la votación más importante del año, porque no necesitaban el «sí» de los radicales, sino una simple abstención. Pero no nos engañemos: no es por inventar fantasmas, pero la situación creada tampoco es mala para el nacionalismo democrático. Le permite predicar eso mismo que acabo de escribir: que no mantienen pactos con el brazo político de ETA y que su apoyo a Batasuna se basa en los altos criterios que siempre invoca el señor Atutxa. Estamos en tiempo electoral, y en tiempo electoral la moderación es el valor que más se cotiza en las bolsas de votos. ¿Os imagináis lo que hoy se estaría escribiendo si Ibarretxe hubiera sacado adelante sus cuentas con el voto de Otegi? Leeríamos apasionados editoriales que presentarían al lendakari como un gobernante en brazos de ETA y manejado por sus agentes políticos. Todo esto no impide otra lectura: el Gobierno vasco, sin el apoyo radical, es un equipo en minoría. Dado que está formado por tres partidos, su capacidad de pacto se agota en sí mismo o en su deriva hacia Batasuna. Constatado eso, es muy fácil decirles: oigan ustedes, si no están en condiciones ni de aprobar la dotación económica de sus acciones de gobierno, ¿cómo pretenden cambiar el Estatuto o la Constitución? Desde ese punto de vista, ayer han perdido un jirón de credibilidad.