SADAM HUSEÍN se ganó a pulso todos los títulos peyorativos que le otorgó la comunidad internacional a lo largo de los años. Basta con asomarse a su hedionda y letal biografía para darse cuenta de ello. Pero todo esto no justifica la manipulación informativa que rodeó su magnificación cuando era el rey del mambo contra el Irán de los ayatolás, con el aplauso y la ayuda de EE.?UU., ni justifica ahora esa desmitificación que lo está convirtiendo en un pobre sin-techo todo despelujado que es sometido a un reconocimiento médico, el cual, al ser grabado en vídeo, puede constituir una violación de sus derechos. ¿De qué estamos hablando, Caperucita? No comparto la ilusión que ha llevado a nuestra ministra de Asuntos Exteriores, sin duda en una hora poética, a expresar su esperanza de que el juicio contra el tirano suponga «una especie de proceso de catarsis» y sirva para «abrir las ventanas de Irak y ventilar ese ambiente enrarecido creado a través de actuaciones terribles». Basta con echar una mirada a Serbia para comprobar la poca ventilación debida al encausamiento internacional de Milosevic y sus compinches. Creo que los magnificadores de antaño están dando paso a los desmagnificadores de ahora que, como nos descuidemos un poco, nos llevarán a lamentar las condiciones de la caída de un pobre ancianito llamado Sadam Huseín. Y no. Fue un verdugo y nosotros le debemos justicia. Y aquí acaba esta loca carrera de despropósitos. Allá Bush y sus aliados si quieren seguir inflando el globo para sostener que han logrado la hazaña del siglo XXI. Allá los furibundos antiamericanos de almas piadosas que preferirían a Sadam derrocado pero a salvo de las garras estadounidenses. Allá cada cual con sus querencias e inclinaciones, pero sin alterar el marco de garantías de una información seria y rigurosa. Sadam Huseín no es mejor porque haya aparecido en un zulo, ni es más cobarde porque no se haya suicidado, ni es más grande porque no colabore en los interrogatorios. Parecería innecesario decirlo, pero es la hora de verlo simplemente como un ser humano, un sujeto de nuestra misma especie que, visto lo visto, encarna lo peor de ella. Sin más.