No es ninguna sorpresa

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

17 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

LA POBREZA, como la hipertensión, es una enfermedad callada. La mayor parte de los que la padecen no son conscientes de ello, y por eso resulta imposible administrar los remedios con un mínimo de eficacia. Si un gallego supiese que su renta no alcanza el 65 % de la media europea, y que la situación no se ha modificado ni un punto en los diez últimos años, difícilmente soportaría la demagógia desarrollista de la Xunta expresada en estadísticas de opereta. Y si fuésemos conscientes de que ocupamos el puesto 193 en la lista de las 209 regiones de Europa, en modo alguno toleraríamos la arrogancia y la fatuidad de un presidente del Gobierno que se atreve a darle lecciones de economía a Alemania y a bloquear la adaptación del Tratado de Niza a una Europa de 25. También por eso nos llamamos a andanas cada vez que alguno de los ricos se pregunta con qué eficacia se administra la solidaridad, y si vale la pena seguir alimentando el río de dinero que corre hacia los más pobres cuando éstos abandonan el horizonte de las inversiones productivas y amueblan la casa al estilo de los ricos, multiplicando las infraestructuras de ocio, triplicando los centros educativos al servicio del puro localismo, o magnificando cada traviesa del AVE como si fuesen regalos que Fraga y Aznar nos cuelgan en el árbol de Navidad. La cruda verdad es que España recibe anualmente 8.300 millones de euros de la UE, y que esos fondos, lejos de haber servido para recortar las diferencias de renta que perviven en España, se han utilizado para salvar la cara a pésimos gestores y para seguir acumulando activos en en Madrid y en el desarrollado Levante. Por eso debemos estar preparados para ese momento en que nos van a decir que se está acabando el pastel, ya sea porque hay que repartir con otros, o porque no se ve la eficacia de una inversión viciada por el puro localismo, o porque a nadie le gusta que, después de pedir la factura del restaurante, aparezca un fantoche y exija un gran reserva. Mi opinión es que está vez va de aviso, y que no hay grandes razones para temer los recortes de la UE sobre los fondos de cohesión ni los efectos del modelo financiero catalán sobre los flujos internos de solidaridad. Pero sería de tontos creer que la situación de Galicia no va a cambiar nunca, o que los contribuyentes netos de la UE van a seguir soportando las bravatas de un Aznar que ni ha medido sus fuerzas, ni tiene proyecto europeo, ni sabe en qué consiste la política de cooperación. Por eso es importante cambiar el chip y dejar de presentar a Europa como la cara de la adversidad. Porque nuestro futuro está allí, y no es inteligente tirar piedras contra el propio tejado.