Confesión de una duda

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

BIEITO Rubido, director de La Voz de Galicia, impresionó ayer a medio país con este saludo en la radio: «Buenos días, España, donde quiera que estés». La frase, ignoro si improvisada, retrataba la ansiedad, por no decir la angustia, de una nación que a veces ignora si lo sigue siendo; de un pueblo que mira las tensiones territoriales con grandes incertidumbres de futuro; de una opinión pública confusa ante los mensajes contradictorios que le llegan desde las autonomías y desde el Gobierno central; de una España, en fin, que, efectivamente no sabe dónde está. Desde la aprobación de los Estatutos de Autonomía no se había vivido una situación parecida. Los Gobiernos del País Vasco, Cataluña y Andalucía reclaman una nueva relación con el Estado. En el primer caso, con un abierto desafío al orden constitucional. En el segundo, con una oferta de nuevo pacto, respetando el orden legal, pero con una alianza independentista y un tono belicoso -«la tensión está servida»- que no se corresponde con los niveles de convivencia de los últimos tiempos. Y, en el caso de Andalucía, es probable que estemos ante un fenómeno mimético de intención electoralista, pues no era conocido que hubiera un solo síntoma de incomodidad con el marco autonómico. ¿Por qué se ha llegado a esta situación? No hay una razón común. Pero, con la excepción de Andalucía, nadie se puede considerar sorprendido. Y menos, en el caso catalán. Todos los partidos, salvo el PP, acudieron a las urnas con la promesa de promover un nuevo Estatuto. Ante tal situación, este cronista confiesa una duda: ¿estamos ante la reaparición de nuestro más dramático demonio familiar o ante una oportunidad de reencauzar el concepto de unidad nacional? Si me dejo llevar por la opinión dominante, las respuestas parecen claras: existe un evidente desafío nacionalista ante el que hay que reaccionar como lo hace el Gobierno; el PSOE se ha prestado a un juego que dice poco de su sentido del Estado y demuestra su carencia de solidez ideológica; hay que hacer una piña con el aznarismo para sostener los principios. Pero ¿quién puede tapar los oídos ante una izquierda catalana, mañana gobernante, que sólo habla de una «nueva relación» con España, respetando los cauces legales? ¿Es que eso no es una forma de cerrar una herida? ¿Es que conduce a algo una negativa a unos partidos que acudieron a las urnas con esa propuesta? Esa es la gran cuestión que se le presenta a la clase política de hoy. La respuesta del «no pasarán» tiene justificación. Pero también creo que los trenes de la historia pasan una vez. Y ya se han roto demasiados raíles de diálogo en el País Vasco para que ahora se haga lo mismo en Cataluña.