LAS CRÓNICAS periodísticas de urgencia no nos dicen si había viento de Levante. Pero la operación Amanecer Rojo, como la toma de Perejil, fue un rotundo éxito. Sadam Huseín, acobardado, escurridizo y medroso, no opuso ninguna resistencia a las fuerzas de Estados Unidos que lo descubrieron. No fue preciso que realizaran ni un solo disparo. Escondido entre verduras, el exterminador de kurdos y chiítas, el valiente invasor de Irán y Kuwait, se dejó fotografiar con aspecto cansino, pelo largo y barba canosa. La fotografía de un Sadam derrotado y amilanado abrió ayer los informativos de todos el mundo. Y hoy lo hará en los periódicos. Es la foto que quienes protagonizaron la invasión iraquí llevaban meses aguardando. La foto resumen de un conflicto que se ha llevado por delante decenas de miles de muertos, sólo para tenerla. La caída del «as de picas» es una gran noticia no sólo para George Bush, Tony Blair y José María Aznar. Lo es para cuantos deseamos ver acabado un conflicto que nunca debió de iniciarse. Los momentos de gloria se los llevarán el presidente norteamericano, el británico y el español, que ayer se apresuró a comparecer para dar cuenta de la detención. Cuando no lo hizo en momentos de mayor trascendencia. Pero la ocasión merecía la pena porque, como el propio Aznar declaró, «ha desaparecido el último obstáculo para un Irak en paz». Eso es exactamente lo que el mundo entero desea. Aunque la detención del tirano dictador no sea suficiente para justificar la invasión, ni la gestión de la posguerra, lo que ahora hay que plantearse es buscar y hallar la mejor solución para la convivencia pacífica y democrática del pueblo iraquí. Que el trío de las Azores la rentabilice es lo menos importante. Desde ayer lo fundamental es que la posguerra iraquí deje de ser cosa de guerreros y militares. Y pase a ser protagonizada por hombres de paz, negociadores y políticos que odien la violencia.