El calvo de Navidad

OPINIÓN

05 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

MUCHO ha cambiado este país. El entrañable, mítico y hasta castizo gordo de Navidad, internizado en la cultura popular española, se está transformando por las extrañas artes del márketing en el calvo de Navidad. Será porque no resulta políticamente correcto que un gordo, heredero de los tiempos de la miseria, contrapunto de la famélica legión , represente el arquetipo de la España que va bien. La obesidad es uno de los nuevos males contemporáneos, y gordo comienza a ser considerado sinónimo de feo, de enfermo a plazo fijo, de contramodelo de una belleza que ha expulsado la gordura de todos los cánones estéticos. Desde hace algunos años, la Dirección General de Loterías apuesta por un actor calvo, y se crea así un nuevo santo y seña para el sorteo del día 22 de diciembre. Sorteo creado por el denostado ministro Esquilache en un intento de modernización fiscal. Hoy la lotería de Navidad, un sueño posible para las clases medias, una inversión en ilusión que se repite cada año, ha supuesto en el último ejercicio un gasto, recaudación, superior a dos mil cien millones de euros, y una noticia reciente da cuenta de que en una administración lotera de un pueblo de Lleida, se han vendido más de dos millones de décimos para este sorteo. Conviene recordar que el precio por décimo es de veinte euros. El viejo gordo, emblema sonriente de la España más cutre, talismán colectivo en viejas películas del cine español, noticia de apertura del NO-DO, se está convirtiendo en una reliquia del arcaico argot franquista. En antropología de filmoteca para recuperar a Cassen en El sobre verde , o, como mucho, en caspa de celuloide del cine sabatino de barrio. Los nuevos tiempos mudan los iconos aunque los deseos de la suerte colectiva siguen intactos. La lotería es un impuesto democrático, la lotería moderna, superación de la del ancienne regime nace con las Cortes de Cádiz que proclaman desde la libertad una Constitución progresista para ciudadanos «justos y benéficos», con la Pepa, que así la denominó el pueblo soberano, nació el gordo, gordo que casi se extingue oficialmente cuando otra Constitución democrática cumple veinticinco años. De todas formas, es una ordinariez, casi una falta de respeto, apelar a los calvos para denominar un premio que se ubica en ese apartado genérico de los juegos de azar. El próximo día 22 muchos compatriotas se sentirán felices porque sus participaciones o décimos coinciden con los premios mayores del sorteo. Otros se conformarán con pedreas y reintegros, los más aguardaremos hasta mejor ocasión y celebraremos que somos dichosos porque estamos sanos. Las leyendas urbanas darán cuenta en los telediarios de lo bien que fue repartido este año, que el premio mayor cayó en una barriada periférica o en un pueblo golpeado por el paro. Nos mostrarán la foto fija del champán escanciado a media mañana en el bar de la plaza, y volverán a recordarnos que los directores de los bancos de la localidad y los concesionarios de automóviles se repondrán de un mal año. Las personas entrevistadas dirán aquello de la hipoteca o lo de tapar agujeros, que suena tan cañí como una copla. Pero yo, si resulto agraciado por un capricho de la fortuna, no diré nunca que me ha tocado el calvo de Navidad. Si no es así repetiré, como lo digo cada año, una de las verdades más simples del barquero: o caso e ter saude. Que Dios reparta suerte.