Entre Perón y Milosevic

| JOSE MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

04 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

LA ESCENA de las mesnadas nacionalistas ante el palacio de Justicia de Bilbao, ambientada por cánticos y esencias victimistas, cabalga a horcajadas entre actitudes propias del peronismo y discursos como el de Milosevic. Nada democrático, en cualquier caso. No tienen bastante los jueces de la CAV (Comunidad Autónoma vasca) con sobrevivir a los atentados del grupo terrorista ETA -que hace ahora dos años asesinó en Vizcaya al juez Lidón-, como para tener que hacer frente a toda la panoplia de intimidación propia del régimen nacionalista que sufrimos y que el miércoles se escenificó de forma grosera ante el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco. La democracia consiste, entre otras cosas, en que la ley es igual para todos y todos deben cumplirla por igual. De manera que si después de reiteradas resoluciones del Tribunal Supremo para que se disuelva el grupo parlamentario de un partido, que se ha declarado ilegal por ser parte de ETA, los encargados de cumplir esa resolución se niegan a ponerla en practica y amparan de hecho a esos terroristas, lo lógico es que la justicia actúe. No vale decir que la justicia es como un embudo y ponerse siempre del lado más grandes. La misma justicia que ha citado a tres de los miembros de la mesa de Parlamento vasco, es la que ha reconocido al PNV el derecho a recibir una golosa indemnización por un asunto pendiente desde la guerra civil. Resulta como mínimo sangrante que los conspicuos dirigentes del PNV digan que estamos ante un estado de excepción, expresión que no han empleado jamás para definir la situación que atraviesan los cargos públicos socialistas y populares, los empresarios, los profesionales, los periodistas que viven en el punto de mira del terrorismo nacionalista, ese terrorismo al que los tres citados del miércoles amparan con su actitud. De la misma forma resulta hiriente que ayer Madrazo corriera raudo a hacerse la foto abrazando a los citados con un énfasis y una pasión que jamás le he visto demostrar hacia ni una sola de las víctimas del terrorismo. La izquierda español que sigue a IU quizá debería reflexionar sobre las razones que llevan a Madrazo y a Llamazares a apoyar con tanto ahínco a un partido, el PNV, que en su discurso califica como «pobrerío», textual, a aquellas gentes del resto del mundo que no gozan de la opulencia de chuletón y cococha de la que gozamos en esta esquina del Cantábrico. En la misma plaza donde se ha producido el aquelarre del miércoles, acaban de erigir los nacionalistas una estatua de Sabino Arana, fundador de la cosa nacionalista, personaje perfectamente reaccionario y xenófobo, tal y como se puede comprobar con la lectura de alguno de sus pensamientos, con perdón por lo de pensamientos. Es curioso que la desaparición de la violencia callejera y los reiterados golpes a ETA se hayan saldado con mucha menos reacción en la calle que esta simple citación ante una jueza, que ha desatado las pasiones tribales y predemocráticas de este partido nacionalista que corre desesperado hacia atrás, que involuciona cada día más hacia el aranismo originario y abandona los leves destellos de modernidad que pudo tener en 1986 -«para ser vasco no hace falta ser nacionalista»- o en 1997 -«de ETA nos separan los medios y los fines»-. Hoy los dirigentes del PNV mienten con trazo grueso al decir que Rajoy es heredero de los que bombardearon Guernica mientras olvidan que fue el PNV el que traicionó a la República. Mienten al decir que estamos en un estado de excepción porque les citen a declarar ante el juez, cuando la falta de libertad es la que ha llevado a que socialistas, como Fernando Buesa, o populares, como Gregorio Ordóñez, hayan sido asesinados por el terrorismo nacionalista. Cumplimos ahora 25 años de la Constitución. Hay en España nueve millones de personas que desde que han nacido no han conocido otro régimen que el de la libertad y la democracia que garantiza precisamente la Constitución. Quizá la virtud fundamental de la Constitución es que asegura la discrepancia civilizada entre distintos, que garantiza a unos y a otros la facultad de decir sus opiniones en voz alta, sin que les cueste la vida. Frente a esos valores de convivencia, nos quieren imponer un plan crispador, que siembra odios, levanta muros, crea problemas nuevos y no resuelve los fundamentales. Un plan que considera ciudadanos a los nacionalistas y al resto les pone el cartel de residentes de segunda. La movilización ciudadana debe empezar a parar los pies a este despropósito, a este plan crispador.