AL MENOS por estas latitudes, el ambiente prenavideño está bastante apagado. Aun no han invadido las televisiones las campañas publicitarias del turrón y demás productos de consumo. Hace mucho más ruido el guirigay de los políticos, preocupados por denigrarse entre sí, que los alegres villancicos con sus panderetas y zambombas que, en otras condiciones, ya deberían oírse por las calles. El escandaloso inframundo del insulto televisivo entre personajillos miserables se impone sobre la cordura y los buenos deseos con los que la gente normal se saluda en estas fechas. Incluso los adornos navideños son cada vez más pobres, con menos imaginación y cuidado, como si los ayuntamientos quisieran cumplir un trámite. Lo único que preludia la Navidad es el precio de los alimentos, que suben día a día, de manera inexorable. Así de vulgar y triste es el panorama cuando se inicia el mes de diciembre en este lugar de la Mancha. La contaminación política esta afectando, de manera preocupante, la convivencia entre las gentes. Los políticos de toda condición: los que mandan y los que quisieran mandar (que, a mi entender, define mejor las tendencias que lo de derechas e izquierdas ) están empeñados, desde hace tiempo, demasiado tiempo, en secuestrar la democracia para sus fines. Cada grupo quiere tener su propio Belén. Entre todos hemos profanado el mágico lugar común del Portal, donde se refugia, huyendo como puede de las insidias de los herodes, la esperanza de una vida en paz entre los hombres de buena voluntad. «La paz es la guerra de las ideas», decía Victor Hugo. Ahora tenemos guerra pero carecemos de ideas. Cuando las ideas son tan menguadas y mezquinas, cuando casi nada ni nadie ilusiona a las gentes, esa paz impulsora de las relaciones humanas que, en condiciones normales, se concentra en las fechas navideñas, sólo es una fría apariencia y el retrato en blanco y negro de una realidad social cada vez más empobrecida de sentimientos de solidaridad. En esta ambiente gris, como el cielo de invierno, el deseo íntimo de saldar las cuentas anímicas acumuladas en el año, que siempre ha sido y, a pesar de todo, sigue siendo, el espíritu de la Navidad, está adulterado por una confrontación generalizada de intereses, que tiene su foco vírico en la guerra electoral permanente que distorsiona la normalidad y encanalla el debate civilizado. Proponer una tregua puede que sea una ingenuidad. Sin embargo es imprescindible y necesario exigir a los que contaminan la Navidad que dejen de hacer ruido, que los políticos hablen lo justo, que los medios de comunicación escritos y hablados piensen más en sus receptores naturales que en sus compromisos áulicos, que la televisión basura desaparezca para siempre, que los adornos de Navidad en las calles de nuestros pueblos no sean un simple pretexto de ediles hipócritas y que en el Portal de Belén dejen nacer en paz a la esperanza, sin muros de la vergüenza que separen a los hombres... Quizás estos deseos sean una quimera, pero no es un imposible. Es muy oportuna la frase de aquel anciano a su hija, que ésta repetía con emoción: «Entre nosotros, hay mucho más bueno que malo. Lo que pasa es que el bien no hace ruido, es discreto...». Esto es, justamente, el verdadero, sencillo y profundo, espíritu de la Navidad.