A LOS 28 AÑOS de aquello, Mohamed VI, hijo de Hasán II, nieto de Mohamed V, soberano de la independencia jerifiana («ni mis hijos ni los hijos de mis hijos -dijo- olvidarán lo que España ha hecho por Marruecos»), ha reivindicado en la ciudad de Mequinez el «espíritu de la Marcha Verde». Progresamos, pues; aunque no sepamos si a trote de camello o a galope de un pura sangre árabe. La insistencia en la legitimidad de aquel acto de apropiación por la fuerza certifica lo erróneo de la premisa sobre la que ha montado Rabat su política, su estrategia y su diplomacia sobre el Sáhara que fue español. Ni por cuestión de fondo ni por razón de forma tuvo la Marcha Verde sentido como fuente de derechos. De ahí parte el tremendo fiasco del enfoque marroquí del problema, cuando la ONU acaba de prorrogar el mandato de la Minurso, es decir, de la vigente tutela internacional del problema creado entonces. La Marcha Verde no es manantial de legitimidad, no es fuente de derecho: no es fuente de nada que convenga al pueblo marroquí ni al pueblo saharaui. Los actos de fuerza -con armas o con el empleo de masas civiles- no son origen de otra cosa que de problemas. Dice el joven rey de Rabat que aquella acción descolonizó. No es así. La Marcha Verde recolonizó el Sáhara, que mantenía un vínculo colonial con España. Ni antes ni después de la marcha se consultó sobre autodeterminación al pueblo que por allí estaba, yendo y viniendo por las arenas, antes de que Marruecos fuese siquiera un pensamiento de Alá. Otra cosa es que polisarios y argelinos se equivocasen en su danza sobre la cuerda floja de la guerra fría. Pero Marruecos carecía de derechos para invadir el Sáhara y sigue sin tenerlos 28 años después. Es más, por causa de aquella marcha, en estricta legitimidad internacional, lo único que tiene Marruecos son responsabilidades.