A LA REALIDAD, ni caso. Nada de darse por enterado. Este era uno de los principios por los que se regían las tropas portuguesas que combatían en Angola tratando de impedir su independencia. Y así acabaron. Creyeron que viviendo en la inopia les iría mejor. Lo cuenta Kapuscinski, en su obra Un día más con vida , en la que relata sus experiencias en este conflicto, en el que algunos prefirieron obviar la realidad. Puede que tuvieran razón. A la realidad no se le puede hacer mucho caso. Porque si no, te amarga la existencia. Lo mejor es vivir en la ignorancia y en el desconocimiento. Mirar hacia otro lado. Tratar que los demás también miren hacia allí. Eso, al menos, es lo que hacen algunos. Y, por lo visto, no les va nada mal. Realidad es que los precios de los tomates, los pimientos, el aceite, las patatas y los mejillones hayan vuelto a dispararse el pasado mes de octubre. Y ficción es que la clase política nos hable del valor nacional de Barcelona como capital, o de los espacios atlánticos. Realidad es que el paro se incremente en 59.000 personas y se aproxime al 9 por ciento de la población activa. Y subrrealismo, que nos reciten los modelos económicos exitosos y el respeto a la diversidad de los pueblos de España. Lo que nos preocupa a los españoles no son las ansias federalistas asimétricas de Maragall, ni las mayorías europeas de Aznar. Es más, cuando nos acercamos al mercado en busca de pan, verdura, pescado, queso y yogur, maldito si nos acordamos de eso. Ni tan siquiera de si el personal español de Bagdad ha sido desalojado, o llamado a consulta. Ni nos acordamos, ni nos preocupa. Los españoles tenemos un orden de prioridades que, por lo visto, no se corresponde con el de quienes ejercen responsabilidades. Porque éstos han decidido que a la realidad, ni caso.