HACE AHORA nueve años me atreví a escribir que el proceso abierto contra Giulio Andreotti era el principio de una ignominia judicial de enormes proporciones. Borrachos de popularidad, y empujados por el estrellato estéril de Antonio di Pietro, muchos jueces italianos habían aparcado la anticuada idea de hacer justicia, para apuntarse a la muy mediática tarea de limpiar la política de corruptos y degenerados. Y por eso pusieron manos a la obra sin que nadie les advirtiese de que esa exorbitante interpretación del Poder Judicial llevaba implícitos los gérmenes de otra corrupción más peligrosa, y el riesgo de una dictadura judicial asfixiante e insostenible. El atentado judicial perpetrado contra Andreotti venía a culminar el modelo justiciero instaurado por la operación Manos Blancas , que, a base de abrir miles de procesos y no cerrar casi ninguno, pusieron a Italia de patas para arriba, se pasaron por el forro de la chaqueta las más elementales teorías sobre los indicios y las pruebas, y extendieron sobre toda la clase política un barniz de sospecha que sirvió para presentar como actos de defensa de la democracia lo que no eran más que simples tropelías o convicciones indemostrables. Por si algo faltaba, algunas corruptelas que habían contado con la tolerancia cómplice de la magistratura y la ciudadanía, y que estaban asimiladas al funcionamiento del sistema (la financiación de los partidos es un ejemplo), empezaron a estallar de forma discrecional y planificada, y con el evidente objetivo de dar caza a la clase política, de tal manera que, lo mismo que en unos casos se toleraba con toda desfachatez, se convertía en otros en un escándalo político de gran envergadura, que se montaba e impulsaba para honor y gloria de la justicia sideral. El resultado fue un proceso de destrucción del sistema político que, bajo la apariencia de un rearme moral de la Administración pública, acabó poniendo todo el poder en manos de Berlusconi. Después de triturar a líderes de la importancia de Craxi o Andreotti, el efecto inmediato de aquella limpieza fue la creación de una plutocracia eficientista y descarada, que no tiene ningún rubor en convertir el gobierno de Italia en una ensalada mixta de negocios privados e intereses públicos que se comen a la vista de todo el mundo. Por eso me complace felicitar a Andreotti por su libertad y su honor recobrados, y por haber sobrevivido, con decencia y dignidad, a un modelo justiciero que, vendido como un apoyo a la democracia, sólo acertó a ponernos los pelos de punta. Porque no quiero olvidar que cuando la sal se vuelve insipida -como le pasó a Di Pietro y compañía- es imposible salarla de nuevo.