APRENDÍ A LEER a muy tierna edad en el cole de sor Julita, con sor Dolores y la señorita Lola, que no podían ser sor Lola y la señorita Dolores porque de aquella era impensable una sor Lola, sor Pepa, sor Conchi... bajo aquellas tocas de las que están copiadas las marquesinas de las estaciones y las orejas de Carnaval. No digo que aprendí a leer a muy tierna edad porque fuese yo un prodigio, pues lo único prodigioso de mi infancia fueron unos remolinos resistentes al más empecinado de los fijadores. Donde esos remolinos se alzaron indómitos hoy todo es, con el poeta, «campo de soledad, mustio collado», pero nadie puede quitarme la gloria de unos remolinos que fueron fashion que algún colega pedía para sus mustios pelos al peine materno incapaz de erigir milagros. El aprender a leer pronto, en lugar de andar de carallada con plastilinas, me fue útil porque, cuando llegó la hora de las oposiciones, ya tenía un entrenamiento cañón y veinte páginas no me echaban atrás. Y tampoco treinta o cuarenta. Y así ascendí a hombre de provecho y hoy todo mi barrio me respeta. Quiero precisarles que mi mejor momento de lectura tuvo fecha fija durante muchos años: el 1 de agosto inauguraba dos mesazos de veraneo colosal en Cortegada de Baños y de Miño y de Abuela y de Truchas y de Vendimia y cuarenta mil gozos más que callo para que no me envidie la plebe condenada a arrastrarse por los arenales marinos. A mediodía un tren se dejaba ir cuesta abajo desde Santiago hacia Padrón y al llegar al túnel de Conxo ya se despendolaba a cuarenta por lo menos. Pero la remontada de Vilagarcía a Rubiáns traía el sofoco y el enfisema a la máquina y el tran-tran agónico ponía miedo de que no llegásemos jamás. De Santiago a Redondela eran casi tres horas, pero todas son pocas para correr A Mahía, el Ulla, la ría de Arousa, para asomarse al Salnés en Portas, para pasar el Lérez y asomarse luego a Ponte Sampaio y San Simón. En Redondela pasábamos a otro tren, pero a gusto hubiéramos seguido hasta Vigo para admirar su Castro y, algo menos porque es diminutivo, también su Castrillo. Y tanta belleza en los ojos hace que los dedos olviden teclear mi mejor lectura: en Catoira había un muro con un texto en el que, al paso del tren, yo ejercitaba en voz alta mis habilidades. El texto en su estricta literalidad decía ariotac - serg ed obut - oiratcarfer - lairetam - agiev - zeugnímod - yole. Tal vez de alguien que me pillara en tal jerga arranca el bulo de que mi padre nos hablaba y nos hacía hablar en latín, pero aquello no era latín, era una cábala gozosísima porque significaba que yo leía camino de Santiago a Cortegada. Al volver de Cortegada al destierro en Santiago, la lectura del muro catoirés perdía su chiste; una lectura bastaba para toda la vida: Eloy Domínguez Veiga - Material refractario - Tubo de gres - Catoira. En esta prosa se nos quedaba aquella cábala gozosa y música celestial. A 40 km estaban sor Julita y Peleteiro esperándonos.