EL PRIMERO que pronunció tan histórica frase -«acabouse o carbón»- fue el marinero cangués Indalecio Soliño, que servía de fogonero en un buque de la Compañía Trasatlántica. Sucedió tal cosa en 1897, en tiempos de la Guerra de Cuba, cuando la calculada generosidad del naviero Antonio López, futuro marqués de Comillas, suplía con sus barcos y su peculio las carencias de transportes de la Marina española. El barco había hecho la travesía con sus calderas a punto de estallar, y por eso se le acabó el carbón cuando faltaban 20 millas para entrar en La Habana. Indalecio Soliño era consciente de que el buque no había sufrido una gran catástrofe, y que, mientras otras naves se incendiaban, o eran hundidas a cañonazos, a ellos no les había sucedido más que una desgracia menor y pasajera. Pero no por eso dejó de percibir que un barco detenido en alta mar es un mastodonte sin sentido, sin otro futuro que el de ser remolcado -¡que vergüenza!- a un puerto de refugio. Y por eso se explica que la frase «acabouse o carbón» pasase al lenguaje vulgar como un reconocimiento resignado de que ya no hay nada que hacer hasta que cambien las circunstancias. Después de escuchar a Fraga, Beiras y Touriño en el debate sobre la Autonomía, estoy seguro de que muchos de ustedes habrán llegado a la misma conclusión: que el carbón se ha acabado, y que, sin hundirse en el abismo ni ser cañoneado por nadie, el buque de la autonomía gallega está parado en alta mar, a merced de las cosas buenas o malas que nos vengan de otras naos. Fraga dijo lo de siempre: que todo lo hizo bien, que sólo protestan los retorcidos y los antipatriotas, y que nuestro futuro está garantizado por las limosnas de la UE. Y para demostrar que eso es así, perdió su tiempo en hablar de lo que no le compete (ferrocarriles, autovías, Plan Ibarretxe, reforma del Senado) mientras pasaba de puntillas por todo lo que le compete (sanidad, educación, agricultura y un largo etcétera. El BNG aprovechó su oportunidad para insinuar que tira la toalla, que los acuerdos con el PSOE son metafísicamente imposibles, y que no les queda más remedio que construir una alternativa -¡tarde me lo fiais!- desde su credo nacionalista. Y Pérez Touriño, a quien no le dieron tiempo para enmendar ni digerir el entuerto de Vigo, también quiso rentabilizar su discurso proclamándose alternativa in pectore , sin darse cuenta de que le están derribando todos los puentes del camino de Raxoi. Por eso tengo la sensación de que estamos en alta mar y a merced de las olas, sin más salida ni programa que esperar el paso de otro buque. Porque, al margen de otros juicios posibles, es evidente que a este país se le acabó el carbón.