ALGUNOSpolíticos nacionalistas, y no pocos compañeros periodistas que trabajan en Madrid, difunden con énfasis estos días la siguiente tesis: la deriva actual del PNV hacia la ruptura de la convivencia entre los vascos -no lo dicen así, claro-es responsabilidad directa del PP, de su política de tensar la cuerda y especialmente de la decisión de Aznar y Mayor de atacar frontalmente a los nacionalistas que se aprovechan del terrorismo y de no dejar pasar ni una a los nacionalistas terroristas. Bien, como no se trata de enfrentar unas creencias con otras, voy a tratar de ofrecer una serie de datos que demuestran que del actual delirio nacionalista son responsables, única y exclusivamente, los propios nacionalistas que abanderan este disparate. La decisión de la actual cúpula del PNV de ir hacia la independencia, de saltarse la ley, de romper el marco de convivencia, de crear una sociedad paralela, está instalada en las esencias de un sector de este partido desde su origen sabiniano; es decir, xenófobo, excluyente y reactivo contra los entonces -finales del siglo XIX y primeros del XX- llamados maquetos, a los que se acusaba de poner en peligro la supuesta coherencia étnica e identitaria de los nacionalistas vascos. Pero, además de ese espíritu independentista -inherente al nacionalismo vasco desde su fundación, hace poco más de un siglo-, la historia reciente tiene perfectamente marcados los hitos que han señalado la actual trayectoria. Fue con motivo de las movilizaciones realizadas contra el secuestro del empresario vasco Julio Iglesias Zamora -entre el 15 de julio y el 29 de octubre de 1993- cuando en el seno del PNV cuajó la necesidad de romper lo que hasta entonces se presentaba como un frente contra el terrorismo. En esas movilizaciones se instituyó el lazo azul como símbolo de protesta ante el secuestro, lazo que llevábamos con idéntico espíritu militante los no nacionalistas y algunos de los sí nacionalistas. Esa foto unitaria no gustó a la dirección nacionalista y ya no se volvió a repetir. En las movilizaciones contra el secuestro de José María Aldaya Echeburua -entre el 8 de mayo de 1995 y el 14 de marzo de 1996- el PNV apareció con símbolos diferenciados y se manifestó en bloques diferenciados del PSE-PSOE y del PP. Se quería evitar a toda costa la imagen de demócratas -unidos, en bloque- frente a violentos -aislados-. Esa estrategia de ruptura del bloque democrático -creado, la verdad, a base de no poco voluntarismo por parte de los constitucionalistas- se materializó de forma espectacular y bochornosa tras la insurrección provocada por el secuestro, tortura y asesinato de Miguel Ángel Blanco, el 12 de julio de 1997. Aquella marea humana resuelta a plantar cara al terrorismo nacionalista, aquel clima de revolución pacífica pero imparable, llevó al PNV a concluir que la eventual derrota policial y política del terrorismo nacionalista supondría de hecho la derrota política del nacionalismo, el derrumbe de la gran mentira que establecía que fuera del nacionalismo no había salvación. Ese proceso hacia la ruptura siguió en el pacto de Lizarra: acuerdo de todos los nacionalistas para impedir que ningún constitucionalista ocupe un cargo público en los diferentes niveles de gobierno de la Comunidad Autónoma vasca, y culmina, por ahora, con el delirio de Ibarretxe: elaboración de una Constitución para nacionalistas, exclusión de la mitad de la población, desacato a la justicia democrática y aplicación implacable, sin una brizna de diálogo, de un plan autoritario y excluyente. Hay más antecedentes históricos que demuestran el esencialismo excluyente y no democrático del PNV: desde la entrega de los gudaris nacionalistas a las escuadras fascistas de Mussolini en Santoña, durante la Guerra Civil, hasta los textos de la dirección de del PNV en apoyo a Hitler; desde el nulo compromiso en defensa de la República democrática, amenazada por los golpistas de Franco, hasta su escasísima oposición a la dictadura de Franco; desde su actual discurso renovadamente xenófobo y reaccionario -habla del «pobrerío» para referirse a quien pasa hambre en el mundo-, hasta su papel como gestor de los intereses y necesidades del tinglado de ETA, cada vez en fase más terminal. La culpa de lo que uno hace la tiene, siempre, uno mismo, aunque los nacionalistas estén habituados, desde hace trienios, a echar la culpa de todo lo que hacen a los demás y a escaquearse de sus responsabilidades políticas y éticas.