ANTES DE QUE Cacharro Pardo materialice su anunciada amenaza, y antes de que Madrid inicie las maniobras destinadas a cerrarle el paso a Cuíña, quiero adelantarme a todos y pedirle a don Manuel que se quede, que no haga caso a los que piden la renovación por arriba, y que vuelva a ser candidato en el 2005. Y deseo hacerlo así porque, si bien es cierto que el presidente y yo no nos distinguimos por la admiración y simpatía que mutuamente nos profesamos, ni nos reconocemos los grandes milagros que hemos obrado -juntos y por separado- en favor de nuestra tierra, también es verdad que los electores siguen creyendo en él, confiando en sus fuerzas, y dando por sentado que ha acertado en la orientación general de sus gobiernos. Y por eso no veo ninguna razón para privarnos del único hombre que es capaz de hacer silencio en una jaula de grillos y que, después de tantos avatares vividos, aún conserva sensibilidad y fuerzas para servir a su país en un acontecimiento tan soso y banal como Fitur. Ahora que la ley va a convertir a Lugo y Pontevedra en grandes ciudades -ya decían los ingleses que la ley puede hacerlo todo menos transformar a un hombre en una mujer-, no podemos fallar. Con tres modernos aeropuertos que nos conectan con todos los centros de poder del mundo, y con nueve estaciones de ferrocarril dispuestas para recibir a los numerosos AVE que, procedentes de París y Berlín vía Bilbao, de Lisboa vía Oporto, y de Barcelona y Madrid via Lubián, van a llegar a este prodigioso y céntrico lugar de Europa, no podemos correr el riesgo de que el Finisterre se convierta en un caos, ya sea por las intrigas sucesorias del PP o por la rivalidad suicida entre el PSOE y el BNG. Y por eso me apunto a la idea de formar un Gobierno estable que nos lleve sin sobresaltos a las puertas de 2010, mientras tratamos de crear las élites políticas que han de pagarnos las inminentes pensiones de jubilación. Los experimentos de cambio, también en política, hay que hacerlos con gaseosa. Y por eso no podemos comprar más rifas para que después de un Pujol nos toque un Artur Màs y después de un Arzalluz venga un Egibar. Y para eso no hay mejor cosa que andar sobre camino trillado -«vía trita via tuta» decían los clásicos-, y hacer la segunda parte de nuestro viaje hacia el paraíso terrenal con el mismo maquinista que nos guió en la primera. Si Fraga se mostrase cansado e incapaz de renovar sus ideas, o si él mismo pidiese su relevo, tendríamos que aguantarnos. Pero si todo va como la seda, debemos seguir así hasta que Dios lo quiera. Porque la Providencia no repite suerte, y porque nadie veló mejor que Fraga el largo sueño del fogar de Breogán. ¿O sí?