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05 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.NO HAY más que una, sólo que a veces era mejor no tener ninguna. Sucedió en Estados Unidos, en el corazón del Imperio. Una madre fue detenida y juzgada por robo. La condenaron. Ella, a su vez, mintió a los jueces y condenó a su hija de dos años a más de dos semanas de miseria. Dijo que la pequeña estaba cuidada por una vecina. Lo hizo por despecho a su ex, moderna Medea, para no darle la custodia. Pero la que sufrió fue la chiquilla. Se quedó sola en casa. Sobrevivió gracias a que, con su estatura, alcanzó en la cocina el ketchup y un bote con pasta cruda. Así fue viviendo, mascando pasta roja. La madre ingresaba en prisión, mientras el padre creía que su niña estaba con la vecina. Hasta que sospechó y se le ocurrió ir con la policía al piso de la convicta. Allí estaba la pequeña, en la bañera, sin limpiar, manchada de ketchup y más. Veía los dibujos con los dos botones pulidos de sus ojos, casi desnutrida. Como un pequeño gremlin listo, agazapada. Así la recogieron los policías. La niña, al llegar al hospital, tomó más de un libro de leche con cereales y no sé cuántas hamburguesas. Menos mal que vivimos en una sociedad civilizada. Esa madre no se merecía tener una niña. Ahora está doblemente en prisión. Es terrible que haya niños que su primera misión en la vida sea sobrevivir a sus padres.