Desde el habitáculo

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

04 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EN LAS DOS últimas décadas ha cambiado mucho más la sociedad que la concepción y organización de la vivienda. El delirio inmobiliario, característico de nuestro país y no de otros, está más atento a la compraventa de acciones de suelo que a la preocupación por cubrir de forma inteligente las necesidades del hábitat. Más allá de la cuestión económica, hay cuatro aspectos que me parecen significativos. . El precio de la vivienda en las ciudades, el exiguo mercado de alquiler y el interés generalizado por tener una casa en propiedad han provocado un éxodo a la periferia. Además, existe una ambición de espacio a veces desmesurada, y un gusto por ese sabor campestre que, al parecer, se halla en el chalé o el adosado. Pero todo cambia cuando los hijos pasan a ser hijos de la noche, se ponen números a la movilidad, se echan de menos los servicios y, en consecuencia, se desea retornar al asfalto. Retorno que dependerá del estado de la burbuja inmobiliaria y, por lo tanto, de la dificultad de vender la propiedad al precio esperado, o de la posibilidad de solicitar otra hipoteca, seguramente frustrada por el pago de las entradas de las de los hijos. ¿No merece este asunto una reflexión colectiva? Almacenar la memoria . A medida que avanzamos en edad, la densidad de los objetos que acumulamos se nos echa encima. Serían necesarios dos almacenes, uno para la memoria muerta, para los trastos inútiles, y otro para conservar la memoria viva, donde se puedan visitar a placer los libros, las fotos y los objetos que conforman nuestra historia. ¿No sería posible disponer de estos espacios en los bloques residenciales sin tener que pagarlos a precio de vivienda? Los usos y el aprovechamiento de las piezas de la casa cambian con la edad. Cuando hay niños pequeños, para evitar riesgos, el salón es como un museo donde se guarda lo mejor, y la sala de estar se instala en una pequeña habitación recogida que sirve para todo. En cualquier caso, el salón suele utilizarse en contadas ocasiones, siempre con la preocupación del orden y la limpieza. ¿No se podría incluir en los edificios una pieza colectiva donde celebrar reuniones, mediante un sistema de propiedad comunitaria, y repensar el papel de la estancia noble de la casa? Post molestam senectutem . Hay una tendencia creciente a construir falansterios para ancianos. En las residencias de la tercera edad, es cierto, se asegura su atención física, pero no resulta tan fácil mantener su actividad sicológica. ¿No sería mejor dedicar un sector de los edificios a pequeños apartamentos asistidos donde se les faciliten las labores domésticas más pesadas, preservando su intimidad y permitiéndoles disfrutar de la vida ordinaria? La respuesta de la arquitectura al cambio social no consiste sólo en poner a jóvenes profesionales a dibujar nuevas propuestas, sino en mirar a la sociedad, analizarla y, por qué no, racionalizar sus usos. De esta manera, la arquitectura sería más imaginativa y la oferta menos rígida. ¿A qué se espera para organizar un foro serio sobre la vivienda?