EMPEÑADOS están algunos en responsabilizar al Gobierno de los problemas que afectan al país. Pero van fracasando en su intento. Los miembros del Ejecutivo logran, al fin, situar las cosas en su sitio. Y demostrar que su responsabilidad se limita, como máximo, a dar cuenta de lo acontecido. Menos mal que algunos, al igual que los propios miembros del gabinete, tenemos clara la situación. Veamos. El único responsable de la invasión de Irak fue Sadam Huseín. Por su tozudez. El de la catástrofe del Prestige , el capitán Mangouras. Por su falta de profesionalidad. El del accidente ferroviario de Chinchilla, el jefe de estación. Por un error. Los responsables del accidente del Yacolev, los pilotos. Por otro error. El de los retrasos del AVE a Cataluña, el terreno. Por su compleja composición. Y los del caos de la Justicia, los socialistas. Por irresponsables. Acostumbrados como estamos a echar sobre el espinazo de los populares muchos de nuestros males, va siendo hora de que recapacitemos. Estos días debatimos las responsabilidades de Interior en las vacaciones malagueñas del asesino británico Tony Alexander King. Y ha tenido que molestarse el ministro Acebes en clarificar la situación. La policía británica comunicó su presencia en España, pero el fax acabó en la papelera. Normal. Por lo visto King tenía un perfil bajo de asesino y por tanto no fue incluido en los ficheros. Y tampoco se les ocurrió interrogarlo cuando se cometió el crimen de Rocío Waninkhof. No fuera a incomodarse. Todo dentro de lo habitual. Impecables. «Uno de los mayores peligros de los gobiernos es eludir responsabilidades», dejó dicho el abogado y político francés Pierre Mendez-France. Pero el escritor español León Daudí apuntilló: «Cualquier gobernante puede hacer tonterías; lo que no se le puede permitir es decirlas».