DESDE QUE Aznar decidió sacar a España del rincón de la historia, tengo la desagradable sensación de que nos hemos saltado un turno, o de que somos como esos gorrones que, a base de crear desconcierto y desorganizar la cola, siempre son los primeros en coger la carta de embarque. Cuando se habla de la ampliación de la UE vamos de pobres, exigiendo cohesión para los que estábamos y árnica para los que vienen, y haciendo valer la idea de que si el núcleo duro no funciona, todo se vendrá abajo. Pero a la hora de afrontar las crisis generales del sistema vamos disfrazados de pavos reales, presentando las ayudas como méritos y las inercias como eficacia. Y por eso nos atrevemos a lanzarle pullitas a Francia y Alemania, picándolos para que espabilen, mientras presumimos de un déficit cero que, si es cierto que implica un buen enfoque macroeconómico, también es verdad que se obtiene a base de no contabilizar como deuda pública la enorme montaña de impagados que acumulan las administraciones, de endeudar a las familias hasta el cogote, de sumar con mucho disimulo el equivalente al 1 % del PIB que nos manda Bruselas y de usar como un remedio sin contraindicaciones la liquidación -a veces dilapidación- del patrimonio del Estado que acumularon los Gobiernos anteriores. Al Consejo de Seguridad y al contubernio de las Azores fuimos de listillos, tratando de colarnos en el grupo de los vencedores y, sin poner un solo euro, entrar de lleno en el reparto del botín. Y por la Europa de la crisis postbélica también vamos disfrazados de puente y enlace, como si nuestra dimensión nos permitiese andar por libre, o como si Francia y Alemania necesitasen intermediarios para hablar con Bush. Finalmente, tan pronto supimos que iban a levantar el embargo contra Libia, también nos colamos de primeros en la reata de los mercaderes, buscando una foto con el atrabiliario dictador al que antes teníamos por terrorista, y dando a entender que ese dramático discurso que sirve para ganar votos a costa del drama vasco, puede convertirse en agua de borrajas con la misma facilidad y argumento -las exigencias del guión- con la que Nadiuska se quitaba el sujetador. El resultado es este bochornoso panorama en el que, mientras Francia y Alemania diseñan nuestro futuro, tutean a Bush y apuntan hacia el liderazgo político y económico de una Europa a tres velocidades -¡tres!-, a nosotros nos pillan en Libia con el paso cambiado, haciendo el ridículo y ganándonos a pulso la antipatía de un mundo que hace sólo seis meses nos consideraba pacíficos y solidarios. Y es que, aunque a veces se toleran, a nadie le gustan los listillos que suben al avión saltándose la cola.