Este vaise, e aquel vaise...


SI YO FUESE oráculo, y trabajase en Delfos, haría los pronósticos de otoño con la doliente solemnidad del verso de Rosalía: «Este vaise, e aquel vaise, / e todos, todos se van». Porque sólo así podría estar a la altura de un movimiento que, aunque sólo sea por razones de biología, presagia un cambio radical en la política española y en la historia del mundo, como si la actualidad quedase reducida a un culebrón de sobremesa cuyo guionista acaba de enfrentarse con la cuadrilla de actores.Aznar se va de la Moncloa, de Génova, de la Carrera de San Jerónimo y de los telediarios de TVE. Jordi Pujol se va de la Generalitat, del Parlament, de las Diadas y de los noticiarios de TV-3. Felipe González deja su escaño -lleno de telarañas- y las cocinas del PSOE, tratando de evitar que sus desabridas apariciones sean utilizadas para disminuir a Zapatero. Xabier Arzalluz se va de Sabin Etxea, de los noticiarios de Euskal Telebista y de las campas alavesas del Aberri Eguna. Xosé Manuel Beiras se marcha también antes de llegar, dejando atrás sus íntimas aspiraciones y poniendo al pairo la caprichosa ingratitud de las camadas populares. También se fue Anna Lindh, que, aprovechando un alto en la campaña del euro, estaba gastando sus últimas coronas. Y, puestos en plan trascendente, todos intuimos que Karol Wojtyla y Yaser Arafat están preparando sus maletas, mientras los ángeles del relevo describen círculos de buitre sobre las cabezas de Blair y de Bush. Finalmente, a nadie se le oculta que Romano Prodi, Kofi Annam y Abu Alá tienen sus días contados, abriendo una lista de bajas de mucho postín que se cierra, con tintes incorrectos, en la inexorable ausencia de Arnaldo Otegi. Claro que esta vez la gran Rosalía tendría que morderse los labios y, en vez de rematar la faena con su mítico improperio a la historia -«Galicia sin homes quedas / que te poidan traballar»-, se vería obligada a decir exactamente lo contrario. Porque, cuando el mundo entero se queda sin obreros, Galicia se constituye en la única nación que cuenta con un líder que la trabaja por todos, que no tira la toalla, que no delega ningún sufrimiento por la patria, y que acaba de decretar que «non hai nada que dicir» sobre la primera renuncia -rata, y no consumada- del tramo finisecular. Por si quedase alguna duda, el propio Rajoy se avino a zanjar la cuestión con una frase hecha. Aunque, en vez de decir lo que siempre se dice -«va para largo»-, introdujo este curioso matiz: «Va para bastante largo». Y ahí tienen a la nación de Breogán -¡de Breogán!- pendiente de esta enjundiosa cuestión: ¿qué significa bastante? Yo, como es obvio, lo sé. Pero no quiero quitarle el morbo.

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