«ESTAMOS DE duelo, y progresaremos penosamente. Así ha de ser». Sirva esta caracterización de García Álvarez sobre las secuelas psicosociales de la catástrofe del Prestige -en un notable libro colectivo, Prestige: ¿a catastrofe que despertou a Galiza? - como síntesis de estos nueve meses agotadores, donde una información o propaganda se contradice con la anterior, y las certezas, la información e incluso el conocimiento científico o técnico, apenas si se configuran como un elemento más de la incertidumbre y la desconfianza cotidiana. La estrategia informativa desarrollada, además de minimizar el efecto de la catástrofe -vertido en lugar de marea negra, irisaciones en lugar de manchas de fuel...- se dirigió a minimizar, con operaciones aritméticas incompresibles, en primer lugar la importancia del vertido, luego lo incorrecto de la gestión de la catástrofe, después la incertidumbre sobre la amenaza del barco hundido, y por último los efectos ecológicos y económicos negativos. En paralelo se desarrolló otra estrategia informativa en positivo relacionada con las actuaciones de control del barco hundido, de la limpieza de las playas, del Plan Galicia como oportunidad de futuro e incluso con una casi milagrosa recuperación de los recursos naturales explotados. Sin embargo, y no dudando de los efectos lenitivos de ambas campañas y la colaboración en dicho efecto de las ayudas económicas a una parte de los afectados, nueve meses después de su hundimiento, el Prestige continúa ocupando la actualidad informativa, y la naturaleza de esas informaciones junto con la reiteración de eslóganes -esplendorosas playas»-, impide que progresemos en superar el duelo. Bastó un nuevo dato: sólo quedan 14.000 toneladas en los tanques del Prestige, veintitrés mil menos de las que se estimaban luego de una esforzada inversión tecnológica y económica para sellar los puntos de vertido, para que la templanza que se requería en el tratamiento de la información controlada por el gobierno se perdiera, dando lugar a toda una serie de hipótesis y conjeturas que nos hacen revisar no sólo las estimaciones -erróneas-aportadas por el comité científico del Prestige , sino incluso poner en cuestión los datos y documentos publicados reiteradamente de la documentación del propio barco. Y es lamentable que el gobierno haya perdido la templanza puesto que la información relativa al pecio y a las operaciones para enterrarlo sólo a él le pertenecía, y si un desajuste en sus propios datos le llevó a poner en cuestión toda la verdad construida, ante la propia observación de los efectos visibles de la catástrofe -persistencia del chapapote en las playas, escasez de pesca, alteraciones visibles de los sistemas litorales- ¿quién nos podrá convencer de que no existen? Al cabo, el Prestige viene a ser en el imaginario colectivo un ahogado cuyo cuerpo no devolvió el mar, mar que no deja de enviar señales que mantienen su presencia.