ATARDECER en Balarés o en Corrubedo bajo nuestro roibén , esa bóveda cárdena entreverada de jirones de cirros. Mientras centenares de personas van abandonando ordenadamente la bien cuidada duna barbanzana, por el estuario del Anllóns llegan decenas de jóvenes que se instalan en el pinar para la movida nocturna. La piel pálida de las playas de Traba o el Trece reluce a la luz de la mañana, entre el turquesa del mar y el verde azulado de las montañas, en completa soledad, ante los ojos de seis caminantes. Sólo dos ciclistas descienden por la pista que lleva al cabo Tosto. En torno al cementerio de los cadetes del Serpent , algunos coches de turistas y los todoterreno de los que vigilan el furtivismo en las rocas salpicadas de negro. Con una gran economía de medios, un área acondicionada para aparcamiento, algún contenedor, los visitantes van acostumbrándose a respetar los espacios naturales. Cuestión de criterio. Si la Administración interviene adecuadamente con buenos proyectos, el respeto y cuidado del público también van aumentando y se genera, poco a poco, una actitud de aprecio hacia el medio natural. Cuatro jornadas por la Costa da Morte y la península del Barbanza. Después de embriagarnos con el aroma de las caramiñas y los lirios de arena, parecen horribles las laderas cubiertas de eucaliptos tiesos y antiestéticos que acaban con la biodiversidad del sotobosque, además de privarnos de las mejores vistas. El monte clama por una sistemática regeneración forestal, por una restauración del paisaje, de las formas, colores y olores genuinos de la Galicia auténtica. ¿Quién invierte en paisaje? Casi nadie. Porque no hay nadie. Todos se agolpan en Sanxenxo o en las mil y una fiestas gastronómicas del mejor puente del año, sin que apenas se señale con intención esa riqueza ambiental, que habría que potenciar. Quizá gracias a eso se ha conservado. Y cada vez hay mejores oportunidades de estancia. La confortable sencillez rural de la casa do Torno, en Ponteceso; la sobria elegancia de la señorial Torre das Xunqueiras, en A Pobra; la tranquilidad y buenas vistas de la rectoral de Artes... Parece un misterio, o es tal vez casualidad que, mientras unas pocas villas costeras se mantienen bien, la mayoría se degraden cada vez más. Son distintas opciones de gobierno, lo que nos lleva a pensar que hacer bien las cosas depende también de las personas. Lo que no es casualidad es que alguien como Javier Solana, que recorre un millón de kilómetros al año, haya decidido pasar discretamente sus momentos de descanso familiar, desde hace años, en el litoral de Galicia. Desde nuestro Finisterre se puede mirar hacia otros continentes y pensar la nueva Europa, que quiere ser potencia mundial e imponer sensatez y solidaridad en un mundo que las reclama. Es la política entendida como lubricante del engranaje de nuestra biodiversidad social, territorial, cultural, cada día más poliédrica y necesitada de personas que la practiquen.