Los señoritos (II parte)

| ROBERTO BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

NO HACE mucho les hablaba aquí de esos políticos suertudos -un puñado- que pueden en España decir la primera memez que se les ocurre con la seguridad de que será aplaudida de forma prácticamente universal. Son los señoritos. Pero hay además señoritos de otra clase en la política española, coincidentes algunos con los entonces aludidos: los que no se ven casi nunca obligados a responder por lo que hacen o no hacen. ¿Se imaginan qué hubiera pasado en Galicia si este verano el país hubiera ardido de norte a sur y de este a oeste y si los incendios además de provocar una inmensa catástrofe, hubieran amenazado la vida y los bienes de miles de personas? No es difícil adivinarlo, visto lo sucedido tras el hundimiento del Prestige: que quizá esa Galicia supuestamente subdesarrollada -cuando no colonial y habitada por cipayos- se habría movilizado de nuevo exigiendo, con toda la razón, las responsabilidades oportunas. Es cierto que tal movilización hubiera tenido idénticos efectos políticos que tuvo la producida después del accidente del Prestige -ninguno-, pero esa es otra historia. ¿Qué ha pasado en Cataluña? ¿Y en Extremadura? Pues, sencillamente, nada. Absolutamente nada. Que la tierra ha ardido de forma apocalíptica y que las pobres gentes indefensas han visto cómo se quemaban sus viviendas y sembrados, mientras los responsables de haber paliado tal desastre se limitaban a decir lo que todo político dice en estos casos: que se intentaba lo imposible y que contra lo inevitable poco o nada cabía hacer. ¿Lo recuerdan? Lo mismo dijeron por aquí cuando el fuel empezó a teñir de negro todo lo que encontraba por delante. ¿Por qué tal explicación, que elimina la responsabilidad del gobernante, ha complacido, por lo que se ve, a catalanes y extremeños y puso en su día en pie de guerra a los gallegos? Es complicado responder, pero algo debe tener que ver en tal contraste la naturaleza de los ejecutivos extremeño y catalán: uno dirigido por un político (Rodríguez Ibarra) que ha hecho de la demagogia populista la llave de oro para permanecer en el poder. El otro por quien (Pujol) es, más que un político, la encarnación misma de Cataluña hecha President. Los inventos de ambos para gobernar sin que nadie les exija responsabilidades por su gestión son ocurrentes. Pero son también poco democráticos. A la Xunta la exigencia de responsabilidades le entra por un oído y le sale por el otro. Algunos gobiernos autonómicos se ven eximidos, sin embargo, de la pesada carga del control porque nadie se pone seriamente a la faena de exigirles que respondan. Es difícil decir que resulta más nocivo para el sistema democrático.