FUE UNA SANGRIENTA pesadilla para su país, Uganda, donde sació su crueldad arrebatando la vida a más de quinientos mil inocentes. Sin embargo, para los españoles se convirtió en un espléndido pim-pam-pum que nos permitía golpear, muy indirectamente desde luego, a la dictadura de Franco. Por eso le dedicamos tantas páginas, quizá más que en ningún otro país, en los cuatro años en que coincidió con el final de nuestro particular régimen de caudillaje. Idi Amín había llegado al poder en 1971 después de una brillante carrera en la que pasó de ayudante de cocinero (1946) a sargento y, sin transición, a general y jefe del Estado, sin dejar de ser un perfecto ignorante, casi analfabeto, pero, eso sí, carente de escrúpulos y extraordinariamente cruel y sanguinario. Murió en la cama el pasado sábado en una clínica de Arabia Saudí, tras un exilio dorado. Tenía 78 años. Desde 1971, en que dio su golpe de Estado contra Milton Obote, Idi Amín, campeón de boxeo de los pesos pesados en su país durante ocho años, se convirtió en el justo ganador de otro título: El carnicero de África . Salvajes persecuciones étnicas, matanzas despiadadas sin justificación alguna, expulsiones de decenas de miles de asiáticos y una buena lista de barbaridades cometidas a título personal, incluido el canibalismo, trazaban el perfil incontestable de un dictador reprobable en el que no era posible hallar rastro de algo por lo que pudiera ser salvado. Era, por lo tanto, el monstruo ideal en el que concentrar nuestras iras predemocráticas, que por desgracia no perturbaban su descabellado y caótico desgobierno, paradójicamente bien visto tanto por los mandos soviéticos como por los estadounidenses en plena Guerra Fría. A Idi Amín le debemos los españoles la encarnación de ese icono brutal del dictador (incluso físicamente excesivo), que constituía un excelente pretexto para cargar contra lo nuestro, en un tardofranquismo que consentía los mensajes entre líneas a condición de que no fuesen explícitos. Ha muerto y sus crímenes quedan impunes. Pero en verdad él nunca fue nuestro problema sino nuestra excusa. Es la hora de reconocerlo.