A FIDEL Castro nunca le faltó valor para la chulería numantina. Es como si en el fondo de su retórica habitara una atracción fatal por los abismos del aislamiento y de la soledad. Por eso, cuando grita «socialismo o muerte», ya no se sabe en verdad de qué lado se sitúa su corazón partido. Lo cierto es que, en su intervención con motivo del cincuenta aniversario del asalto al cuartel de Moncada, que la Comisión Europea calificó de «baladronada», el dictador cubano se despachó a su gusto contra la UE, a la que definió como un Caballo de Troya al servicio de los estadounidenses, y renunció a la ayuda humanitaria que puedan prestarle los Gobiernos del Viejo Continente. «Cuba no necesita de la Unión Europea para sobrevivir, desarrollarse y alcanzar lo que ustedes no podrán alcanzar jamás», dijo, aludiendo así a las altas cotas de «soberanía y dignidad» que considera patrimonio casi exclusivo de su pequeño país. La realidad es que Castro está molesto por esa manía europea de condicionar las ayudas económicas al progreso cubano en el ámbito de los derechos humanos y de los avances democráticos. Dicho en un lenguaje llano, está hasta el gorro de que lo estén vigilando como a un sospechoso, y por ello ha bramado contra esa «arrogante y prepotente» Europa que osa querer darle lecciones a él, el maestro. Por si esto no bastase en el territorio de la vana retórica que tan bien domina, ha repetido su viejo alegato durante el juicio que lo llevó a prisión tras el frustrado asalto al cuartel Moncada: «¡Condenadme, no importa; los pueblos dirán la última palabra!». Es el Castro de «la Historia me absolverá», que rueda por la pendiente de la montaña de miseria en que ha convertido su país, a impulsos de un absurdo orgullo nacional y de una peor entendida razón política. A estas alturas ya pocos dudan que esa Historia a la que él se remite no absolverá al dictador en que se ha convertido, sino a todas sus víctimas, a sus perseguidos políticos, a los que intentan huir de ese infierno y fracasan en el intento, a los que soportan la penuria cotidiana con la esperanza de que algún día las cosas cambiarán... Entre tanto, Castro se aísla aún más. Pobre Cuba.