Un cadáver sobre sospecha

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

20 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

TAMBIÉN había un garganta profunda en el Londres de Tony Blair, como en el Washington de Richard Nixon. La muerte de David Kelly, el microbiólogo y asesor del Ministerio británico de Defensa, acusado de ser el confidente de la BBC sobre el abrasivo asunto de las armas iraquíes de destrucción masiva, agiganta la onda del debate sobre la honorabilidad política del primer ministro británico. El suceso -en el que se ignora aún qué sería más grave como causa, si el asesinato o el suicidio-, además de complicar dramáticamente la estabilidad del Gobierno de Londres, se suma a la espesa y tensa atención con que es seguida en los EE.?UU. la polémica sobre el papel de la CIA en las afirmaciones presidenciales, el pasado mes de enero, en su discurso sobre el estado de la nación, siempre sobre el mismo particular de las armas iraquíes de destrucción masiva: presumiblemente disponibles o supuestamente buscadas por el régimen genocida de Bagdad. Con la muerte de David Kelly, esa crítica relación entre los dos escenarios políticos se ahonda en sus alcances: abre la probabilidad de desenlaces ruinosos para Tony Blair y George W. Bush. La sombra de la tormenta parlamentaria sobre los Comunes se cruza con la del impeachment sobre el Capitolio. Es la tercera crisis atlántica de la serie de Irak. Fue la primera, en el Consejo de Seguridad, sobre el sí o el no a la guerra; la segunda, en el seno de la OTAN, respecto a la cobertura aliada a Turquía; y ésta, dentro de la alianza angloamericana, entre los dos gobiernos y sus respectivos parlamentos. Está abierto el debate, en el Reino Unido y en EE.?UU., desde la veracidad obligada a las instituciones democráticas de control, y a la opinión pública. De ésta, en la que se basa la democracia de libertades, dependen los poderes democráticos. Por eso son de tanta gravedad las responsabilidades derivadas del engaño y la mentira.