El síndrome Berlusconi

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

09 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

DURANTE MUCHOS años, como consecuencia de la traslación de la política de bloques al ámbito nacional, la política italiana estuvo dominada por una obsesión: impedir que el Partido Comunista Italiano (PCI), el primer partido del país, accediese al gobierno de la República. La pertinaz persecución de ese objetivo marcó la historia de Italia, dio vida a los numerosos y oscuros episodios que la jalonan, provocó el bloqueo del sistema político e hizo inviable la necesaria alternancia democrática, a través de los gobiernos de centro-izquierda primero, y del pentapartito después. El resultado de ese proceso es bien conocido: corrupción generalizada-tangentópolis-destrucción del sistema tradicional de partidos e irreversible deterioro de las instituciones, lo que ha conducido a una improvisada refundación de la República Italiana. Sin tener en cuenta estos antecedentes es difícil explicar la existencia del fenómeno Berlusconi, al que el diario La Repubblica ha calificado, muy benevolamente, de anomalía de la democracia italiana. De aquellos polvos, estos lodos. Admito, desde luego, que existan otras interpretaciones históricas para explicar lo que está sucediendo en Italia, pero se mire el pasado como se mire, no puede haber dudas acerca del presente. Berlusconi es hoy el máximo exponente de la nueva derecha «sin complejos» que ha subordinado todo proyecto de país o europeo a una mera estrategia de conquista, ocupación y permanencia en el poder. La fantasía de Berlusconi respecto a su victoria electoral ha sido la de un cambio de régimen, no la normal alternancia en una democracia, pues no concibe ésta, salvo como un acto de traición a Italia, y a la oposición si no como una versión moderna de la antipatria. Hasta ahí llega su paranoia. Por eso ignora las normas con arreglo a las cuales resultó elegido. Por eso violenta los procedimientos, instituciones y garantías contemplados en la Constitución Italiana, que son la base de la división y equilibrio de poderes y del Estado de Derecho. Por eso intenta sumar al control del poder ejecutivo, que ostenta legítimamente, el del legislativo, el judicial, económico y mediático. Tan seria es la situación que ha llevado a Robin Cook, ex-ministro de exteriores británico, a sugerir que probablemente Italia sería rechazada si fuese un país candidato a ingresar en la UE, sobre la base de que no posee un sistema judicial independiente ni medios de comunicación libres. Pero Berlusconi no se ha detenido ahí. Como presidente de turno de la Unión, ha pretendido proyectar su estilo y visión al conjunto de Europa. El grave incidente protagonizado por el primer ministro italiano en el Parlamento Europeo, resucitando viejos contenciosos nacionales, remueve los cimientos sobre los que se asienta la Europa moderna, que fue concebida, precisamente, para desterrar los estereotipos étnicos y superar los conflictos nacionales, causa de las dos guerras que asolaron el continente durante el siglo XX. Así las cosas, no puede sorprender la enorme inquietud que suscita la actual presidencia italiana de la Unión. Pero, por desgracia, el síndrome Berlusconi no se circunscribe exclusivamente a Italia. Algunos de los síntomas que lo caracterizan empiezan a detectarse en otros países, concretamente en el nuestro. Prometo abordar próximamente esta preocupante cuestión, pues no sería justo ver la paja en ojo ajeno e ignorar la viga en el nuestro.