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| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

09 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LA UNIÓN Europea acaba de mostrarse preocupada por la situación que atraviesan los medios de comunicación en Rusia. A la declaración se han sumado otros diez países, después de que la sociedad rusa se quedase sin su última televisión independiente. Vladimir Putin hizo frente, con absoluta naturalidad, al escándalo y unos días después ha vuelto a encender la mecha asegurando que a los terroristas sólo cabe «aniquilarlos». Putin ha sacado a relucir su talante intransigente. Aunque trate de disimularlo, le pesa más su pasado en la KGB, que la presidencia de una de las potencias mundiales. El líder ruso se muestra nervioso. No le van bien las cosas. Y adopta una actitud intolerante con cuanto no le es de su agrado. Pero hace tiempo ya que ha entrado en una dinámica tremendamente peligrosa. Es cierto que la UE podría preocuparse por la situación de los medios informativos en otros muchos países. Por ejemplo, en Italia, Marruecos, Argelia, Afganistán o Laos. O podría preguntar por el veto de TVE a una canción crítica con la invasión de Irak. Pero lo de Putin no tiene color. Actúa con un descaro impropio de quien debe cumplir la misión de reflotar un país sumido en la desesperación. Y de democratizarlo. Un jefe de Gobierno ha que saber que cerrando medios informativos no se abraza la democracia. Un jefe de Gobierno tiene que conocer que aniquilando terroristas no se acaba con el terrorismo. Si no, que se lo pregunte al trío de las Azores, al israelí Sharon o a quienes promovieron los GAL en España. Lo llamativo en la actitud de Vladimir Putin es que, mientras los salvadores del orden mundial amenazan y arrasan países enteros por meras sospechas, ni tan siquiera le envían una llamada de atención por su actitud intolerante. Será que no se han enterado. Porque no puede ser que compartan sus métodos.