LA MALA conciencia es, en ocasiones, la única muestra de musculatura espiritual. Las naciones más y mejor desarrolladas de la Tierra llevan años enviando tropas de interposición y fuerzas de ayuda humanitaria a los lugares, las naciones y las sociedades que las necesitan o eso damos por supuesto. Observamos las cosas desde nuestra muy elaborada superioridad moral y decidimos que debemos impedir carnicerías, escabechinas, mares de sangre. Así que enviamos a los soldados. Lo malo es que basta mirar un poco los telediarios para ver que los soldados lo dejan todo perdido y manga por hombro. Es cosa lógica y bastante cabal. También lo dejan así los bomberos, sin ir más lejos. Es el modo de hacer su trabajo, y el trabajo del bombero es atajar el fuego y extinguirlo. Pero el trabajo del soldado no es introducir la paz. Puede hacerla por medio de la guerra ganada, pero introducirla y lograrla es un propósito que suscita no pocas dudas. Para poner las cosas en su sitio, y con un orden hasta cierto punto pulcro, basta con un mayordomo -como sabían algunos viejos reyes de Francia- y un buen cuerpo de casa. Si nuestra mala conciencia cediera el paso a una limpia voluntad, enviaríamos buenos cuerpos de casa a donde hiciera falta y mucho antes de que nos vieramos en el brete de enviar tropas con la siempre dudosa misión de servir como apagafuegos. No se sabe qué aguanta peor un país, si una escabechina propia o la intervención extranjera que persigue evitarla. En el Parlamento británico la fórmula «diviso extranjeros» bastaba para cortar de cuajo cualquier barahunda parlamentaria y sumir a la Cámara en el silencio: todos sin decir ni mu para no dar un sólo cuarto al pregonero. El extranjero inquieta siempre. ¡Si lo sabré yo! No es que inquiete porque el extranjero esté mal, que probablemente no lo está, ni porque cada vez haya menos extranjeros, propiamente dichos, y resulten pintorescos. Inquieta porque nadie se confiesa con un extranjero. No por nada, sino porque el extranjero no sabe. Y si no sabe, ¿cómo va a saber de tu confesión? Pero si no hay confesión, tampoco sosiego. El dolor de corazón no alcanza su masa crítica y el propósito de la enmienda se queda en promesa de Nochevieja. Y así no hay más que inquietud y jaqueca. De modo que cuando llegan las tropas humanitarias al Congo, el congoleño se pone de los nervios. No se puede poner de otra manera sabiendo lo que ocurrió entre los hutus y los tutsi a pesar de los que no eran ni lo uno ni lo otro. O lo que les pasó a los somalíes, sodomizados por sus jefes de la guerra antes y después de que llegaran las tropas humanitarias, a las que combatieron hasta con vudú y venenos más perversos. El extranjero nunca sirve de mucho en estos casos. Vale para charlar y plantear algún que otro consejo, si eso es posible sin dar ni que te den mucha lata. En ese sentido, el extranjero es como el vecino. O viceversa. Más o menos. En cuanto a la confesión, conviene tener presente que sin ella no hay comunión posible. Ni nada.