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La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

15 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Ferrero desmontó a la naranja mecánica, a Verkek y su tenis rústico. El holandés tiene una polea en el brazo. Es alto como una torre de asalto y poco más. Lo suyo no es negociar sobre la pista. Te hace gol desde el penalti del saque, como hizo con Moyá, o nada. Ferrero le ganó con el pulso de su muñeca prodigiosa. El de Onteniente no dejó hueco para el miedo y sólo cedió seis juegos en tres capítulos. El resto del español es de los que hacen época. Tú le mandas un misil con una sartén y él te devuelve una dejada que es una pluma de badminton junto a la red. Corta la bola como quien corta mahonesa. Ferrero es un orfebre. Necesitaba la victoria en París para no crear la leyenda del santo perdedor. Roland Garros también necesitaba a Ferrero. El mejor torneo de tierra batida tiene que ganarlo el mejor jugador de tierra batida, como en su día Kuerten. El español es el hombre de los mil brazos. A veces parece que usa un brazo de hierro y otras, los cien brazos del pulpo para llegar a todo. Coloca, con la mano de las caricias, la bola sobre la cal, donde el rival sólo puede mirar cómo perdió el punto. Ferrero había sido grande en la Davis y ahora en su casa, en su hogar natural, Roland Garros.