Barceló

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ | O |

12 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

HACE calaveras de arcilla del tamaño de su cabeza, pinta peces muertos, plazas de toros con dos pinceladas. Le está haciendo una corona de terracota a la catedral de Palma. Aprendió en Malí los secretos de la cerámica. Él es un secreto a gritos. Fue el pintor de moda en los ochenta. Hoy es Príncipe de Asturias de las Artes con toda la razón. Miquel Barceló no es una moda, es nuestro Picasso contemporáneo. Sus cuadros son trazos mágicos. Él dice que son los fantasmas que lleva dentro y que salen por las grietas de su obra. Es el artista que se devora a sí mismo, que se destruye para crear. Vive entregado a su estudio. A su trabajo pleno no le da más valor que el fisiológico. Le sale levantarse y pintar, como «quien mueve barro con un palo». No hay en él la pose del artista que se cree superior a los demás. En Galicia tenemos nuestro Barceló. Es Jorge Cabezas, ese pintor coruñés que te clava en el corazón las espinas del pescado, las sirenas del alma. Los pintores me fascinan, detienen el tiempo en un lienzo. Barceló lo hace con maestría. Su obra es plasma, sangre. Está la violencia, está la muerte. Está la mezcla, el mestizaje Palma-Malí tan de nuestro tiempo. No se equivocan con Barceló en los altares, en el de la catedral y en el del Príncipe de Asturias. cesar.casal@lavoz.es